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12 ene. 2017

REFLEXIONES TRAS LA ESCUCHA DEL "PLAISTOW PATRICIA" DE IAN DURY




RUTA URBANA II: DESDE VENTAS HASTA CANILLEJAS
Comencé la ascensión de la calle Alcalá cruzando el puente de la M-30 hacia Ciudad Lineal con la vaga esperanza de encontrarme con Patricia en Plaistow, un barrio londinense más allá del East End o, en el peor de los escenarios, lograr siquiera una fotografía que se asemejara a la de la portada del "New Boots And Panties!!" de Ian Dury. He de confirmar que en mis visiones de aquella jornada la ciudad de Madrid sufría el mismo cielo de leche que Londres, incluso con un tono aun más desangelado porque a esas horas, cuando iniciaba mi andanza entre las 3 y media y las cuatro de la tarde, Madrid no estaba aun para muchos trotes (parecía seguir haciendo la digestión después una copiosa comida). Era también consciente que, rizando el bucle de lo inverosimil, me llegaría hasta el estadio del West Ham United Football Club antes de que su recinto se convertirse en una Plaza de Toros, ¿por qué no?. Los barrios de Plaistow y Ventas del Espíritu Santo empezaban a jugar con la posibilidad de trastocar un aburrido día de Enero y convertirlo en una ficción que siguiera, aunque fuera por unas pocas horas, persiguiendo el engaño impuesto por la pasada Navidad.

La calle de Alcalá en su orientación nordeste de su itinerario natural, la que inicia su subida hasta Canillejas y la antigua carretera de salida hacia Barcelona, ya dejó atrás, muy atrás, la parte más institucional y financiera de la vía más larga de Madrid (10 kilómetros y medio). En esa extensa prolongación  (con apenas una suave curvatura hacia la izquierda de su  trazado) la calle de Alcalá es hermosamente fea. Su entramado vital lo conforman un sinfín de comercios, la mayoría de ellos dedicados a la venta al por menor de ropa y complementos del hogar, sin que falten las oficinas bancarias, los colmados de alimentación y tiendas de todo pelaje y condición. Y todo ello enmarcado por una arquitectura de aluvión, sin seguir un estilo fijo ni, menos aún, un criterio respetuoso con un entorno que se extendió bajo la necesidad de dar alojamiento rápido y barato a las clases populares que llegaron en masa a la ciudad mucho antes de que finalizara el siglo XIX. Enramadas a la vía principal, a sus lados occidental y oriental según se iba desarrollando la ruta, aparece otro mundo de calles con estrecha calzada la mayoría, circulación las más veces conflictiva y escasos árboles que, como protesta ante hábitat tan poco sugerente, se han opuesto a crecer más de lo imprescindible.

Es en esa marginalidad de la vía principal donde se dan los establecimientos comerciales más singulares. Peluquerías afro-caribeñas, salas de música en vivo, centros latinos de estética femenina, bares antiguos donde la palabra colesterol sigue sin aparecer en el diccionario de sus clientes, pequeñas tiendas de costura y arreglos de ropa. El diseño de sus anuncios no se ha salido de los parámetros decorativos de décadas atrás. Las pequeñas marquesinas de plástico gastado llevan recogiendo el infortunio de generaciones de vecinos que duermen el sueño del perro vagabundo, los extractores de los restaurantes chinos continúan, capa tras capa, engrasando de residuos de chop-suey las fachadas cercanas. Dos esquinas se conocen e intercambian entre sus aleros cables telefónicos de imposible orden aéreo mientras, a ras de acera, de un Hyundai negro (con los cristales tintados a juego y las llantas pintadas de purpurina dorada) se escucha a todo volumen un reggaeton.

La exigua población que camina por la calle a esas horas parece que no lo hiciera por vergüenza a que la descubran en un escenario tan poco ideal (de acuerdo a los cánones de la Bienal de Venecia), pero esto no es del todo cierto. Lo hacen aun con el orgullo del empleado que llega con grandes dificultades a fin de mes.Ya pasó a mejor vida la pobreza digna de los harapos de la que hablaba Pío Baroja, ahora es la clase media empobrecida por la crisis la que sube o baja por la calle en silencio; también se muestra el parado que de arreglo doméstico a mudanza clandestina se convierte en héroe moderno sin saberlo, sus ojos grises siguen el tráfico rodado inconscientemente porque no tiene un paisaje mejor en que emplearse. Pienso en esos momentos en la Patricia de Plaistow y en las bombas mientras tarareo el texto de la canción: "Arseholes, bastards, fucking cunts and pricks / Aerosol, the bricks / A lawless brat from a council flat..." ("Plaistow Patricia")

Y si el mocoso que aparece retratado junto a Ian Dury en este "New Boots And Panties!!" no deja de sugerir al observador la imagen típica del rascal inglés (también lo confirma una fotografía de la funda del disco en la que aparecen dos menudos compinches al lado del artista londinense), déjenme que les haga partícipes a continuación de una observación. Si de esta situación de aparente rebeldía infantil pueden los ingleses hacer arte callejero, desde la literatura de Dickens hasta la música de Dury, ¿en qué nivel creativo nos moveríamos nosotros?. Veamos, tenemos a Galdós, Aldecoa y a Martín-Santos, y en el lado musical (en el barrio cercano de La Elipa estarían Burning...), ¿en quién poner nuestras esperanzas?. Josimar y Su Yambú parece que son la respuesta y el reclamo de una generación latina que, al igual que en Cuatro Caminos o Vallecas, han desplazado a la oriunda haciéndose fuertes en la plaza.

La ruta urbana de Ventas hacia Canillejas tiene en el cruce con la calle Hermanos García Noblejas (¿cambiarán algún día el nombre de esta ominosa referencia histórica?) su vértice norteño y, desde allí, bajando por la acera opuesta de la misma calle Alcalá, terminamos el paseo en la confluencia con la M-30, allí donde la comencé un par de horas atrás. En su parte más alta un establecimiento recuerda en miniatura el Empire Diner del "Asylum Years" de Tom Waits (WEA, 1984), y en su confluencia más cercana al nivel de un mar imposible (en la rasante de la misma autopista), un ciclista anónimo ejercita su papel de "BMX Artist". Por un momento el entorno hermanado de Plaistow y Ventas se ha trasladado al lejano Chelsea de Nueva York. Permítanme entonces terminar esta breve crónica invitándoles a gozar de esos días de cielo lácteo, donde afortunadamente el sol, tan cruelmente pródigo en otras ocasiones, no aparece en toda la jornada. Pareciera que la sola presencia imaginada de un carromato cargado de leña transportara al asistente desde el Madrid de Ricardo Baroja al pescante de la silla de cualquier carruaje del Londres de Dickens. Y es que cualquier tiempo presente es manifiestamente mejorable.











4 ene. 2017

ALBUM FOTOGRÁFICO 2016 II



De la que se da cuenta a vuesas mercedes de la segunda y última sesión de fotografías anunciada en el día de ayer por el autor. Las cuales se congratula sean hechas públicas en estas páginas para mayor asombro y contento de grandes y pequeños y, según me comenta en un apartado, no dejan de ser más que un sui generis reflejo del mundo exterior, tal y como lo viera el que las tomó.

1.- SUBMARINO DE PIEDRA



2.- JUSTMADFeb 2016 II




3.- PAISAJE EN MOVIMIENTO




4.- CRISTALERA FRENTE EDIFICIO




5.- VALLE Y MONTAÑAS




6.- AMIGOS A DESHORA




7.- JUSTMADFeb 2016 III




8.- GRAFITTI EN VALLA









3 ene. 2017

ALBÚM FOTOGRÁFICO 2016 I






De que se da cuenta a los lectores interesados que al objeto de desempolvar este blog, paralizado a causa de un inevitable accidente sufrido por su principal impulsor, se publicarán entre hoy y mañana sendas tiradas de fotografías, conteniendo cada una de ellas varias tomas efectuadas durante el pasado año 2016 y que, según su artífice, pretender reflejar en buena medida el interés y la afición del susodicho por tan loable arte. 

1.-  ÚLTIMA LUZ SOLAR CONTRA CARTÓN



2.- JUSTMAD FEB 2016 I



3.- SOFÁ ROJO



4.- ESTADO ACTUAL DE CASTILLA-LA VIEJA



5.- NAUFRAGIO MENOR


6.- APARICIÓN


7.- SALA DE CONCIERTOS


8.- LAVA FLORAL


19 dic. 2016

RELATOS I: CONTRA LA SORDERA




Hacía mucho tiempo, no recordaba exactamente cuanto (o ignoro si este olvido se debía más bien a un nuevo quiebro de mis nervios destrozados), pero el caso es que a esa primera hora de una mañana nebulosa del mes de diciembre alguien introdujo una carta bajo la rendija de la puerta de mi apartamento. En el sobre de color pastel de huevo no aparecía escrito mi nombre ni dirección alguna, y en el reverso (algo que me sorprendió vivamente) un sello lacrado, a modo de los que se utilizaban en los dorados siglos pasados, cerraba la carta de forma enigmática. Intenté descifrar en el pegote cobrizo algún signo que me permitiera averiguar su procedencia pero no conseguí sacar mucho en claro. En lo que parecía ser un campo heráldico se vislumbraba una figura semejante a una cebolla , el bulbo y las vainas se extendían hacia la parte superior del campo formando una imagen que también podía manifestar indicios de ser una granada de artillería, hábilmente desmontada eso sí. Preferí la primera versión de la cebolla porque ya estaba cercana la hora del almuerzo y empezaba a sentir el desagradable y nunca satisfecho cosquilleo del hambre. Además recordé que mi difunta abuela me aconsejaba tomarla como antídoto contra una creciente sordera que, he de admitir, me tenía prácticamente aislado del mundo.

Llevaba varias semanas de pobreza energética por lo que me acerqué a la ventana para abrir y leer el contenido de la carta. Con cierta dificultad deduje un texto que parecía escrito por un niño de 4 ó 5 años a lo sumo. He sido profesor de Gramática en un Instituto Público hasta que me despidieron aduciendo alteraciones graves del comportamiento (mis compañeros de claustro comentaron que durante los recreos caminaba erráticamente, volteado y golpeando mi cabeza contra las paredes del patio) y se de lo que hablo. Las letras parecían recién salidas de una olla a presión, y aunque bastante desfiguradas en sus contornos aun se podía sacar de ellas alguna que otra frase. El texto, enmarcado en líneas deformadas por un pulso evidentemente infantil, indicaba una dirección: "Café Du Théâtre , 48 rue D´Orsel" y un sucinto mensaje a continuación: "Lá, Voues entendré tout. Au-dessous du timbre". 

Siguiendo las instrucciones del texto me hice con una pequeña navaja y comencé a rascar cuidadosamente la superficie del sello. Pegado a su reverso apareció una moneda de 20 Francos de plata. La dirigí sin dudar a mi boca para darle un baño de vaho caliente y después la froté avidamente contra la solapa de mi desgastada bata de noche. La moneda refulgió como una aparición fantasmal y a continuación sentí el cosquilleo de un escalofrío metálico deslizándose por mi columna vertebral. 

Recuerdo que cuando llegué al Café Du Théâtre estaba completamente empapado, aunque constaté que curiosamente no llovió durante toda esa mañana. Un sudor frío humedecía todos los poros de mi cuerpo haciendo que mi ropa pareciera extrañamente pegada a mi piel. Me acomodé al final de la barra, cerca de un pequeño escusado donde una rubia que me pareció bretona vendía prensa y tabaco y escupí con fuerza en el bol del suelo. El establecimiento estaba situado en el curso de una calle angosta cuya visión desde el exterior se hacía aun más tenebrosa por una niebla que no cejó en toda la jornada. Apenas un par de mesas, cercanas a amplios ventanales empañados por el vapor y el humo del tabaco, estaban ocupadas. Llamé al camarero con un gesto que aprendí en mis años de la Escuela Militar de Saint-Cyr, lanzando la moneda de plata de 20 Francos al aire para golpearla fuertemente contra la tarima de la barra antes de que cayera. Aludo a este detalle porque el mozo me miró entonces con un no disimulado desprecio antes de servirme un Pastis 51.

Advierto que lo que ocurrió a continuación puede ser fruto de un alucinamiento agudo producido por los numerosos meses de mala y escasa alimentación, además de una prolongada retención de líquidos corporales que, por un extraño motivo, acababan acumulándose monstruosamente bajo los párpados de mis amarillentos ojos. La impresión que deduje, no obstante, me llevó a pensar que por una razón todavía incomprensible me estaba recuperando de la atroz sordera a la que antes había aludido. No solamente oía con perfecta nitidez las conversaciones de los clientes sentados en las mesas, como si se estuvieran dirigiendo a mí precisamente, también sentía el tambor pesado de una niebla exterior que me hablaba de la próxima llegada de los primeros buquinistas para el almuerzo de las doce. En una de las mesas, la que se encontraba más alejada de mi observatorio, una mujer de cara de sapo respondía de mala manera a su compañera, increpándola por una deuda aun no satisfecha. En la otra, a medio camino del pasillo que conducía a los lavabos, un hombre maduro con semblante de avestruz argumentaba indignado con un joven, probablemente de su entera confianza: "¡Ah, no, o mozo en La Petite Tuteur o a Argelia a servir a Francia..!."


Cuando llegué de nuevo a mi domicilio, al cabo de dos largas horas en las que recorrí entusiasmado y sin descanso la margen derecha del Sena, desde Pont Neuf hasta la confluencia con el  Boulevard Henry IV, poco me importaba la persistente niebla que parecía ahogar el bello paisaje de París. Me embargaba una plenitud que casi podría calificar de cercana al clímax sexual. El cúmulo de voces y palabras sueltas, frases recogidas de aquí y de allá, el ruido del tráfico rodado, junto al aleteo de las palomas y el sonido de las hojas revoloteando antes de caer a las aceras formaban una suerte de maravillosa sinfonía. La exaltación auditiva que gocé durante tantos días, después de la llegada de aquella carta y la posterior visita al Café Du Théâtre, me hizo sospechar no obstante de mi buena suerte.

Estoy obligado a afirmar que debía haber previsto las consecuencias de la tan extraordinaria como repentina recuperación de la sordera. Consecuencias no anticipadas que me llevaron al poco tiempo hasta el Hospital de La Salpêtrière, donde ahora me encuentro internado. El doctor Découragé, después de auscultarme durante una semana interminable,  dictaminó una pérdida progresiva del resto sensorial de mi ya maltrecho organismo. Privación gradual de la vista, del olfato, del tacto y del gusto como compensación a un proceso auditivo exacerbado que alcanzaba niveles de hasta 250 db(A). Les reconoceré que desde entonces llevo puestas unas orejeras de termoplástico que aíslan mi capacidad auditiva hasta los 103 como máximo, y eso solamente durante 7 minutos diarios, ya que el resto de la jornada permanezco sedado con una mezcla letal de Xanax y metadona. Aun mantuve (en un momento de descuido del encargado de planta) la suficiente capacidad para escuchar nítidamente la conversación de unas enfermeras en la cafetería del Hospital, dos pisos más abajo: "El Sr. Perotti, el de habitación 121,  será desconectado del monitor de signos vitales pasado mañana a las 12 y media. Pobre diablo, su suerte está echada". Comprenderán , después de lo escuchado,  que no me encuentro últimamente de humor para nadie.








17 nov. 2016

HALL OF FAME VOL IV : LEON RUSSELL




LEON RUSSELL                       "CARNEY"
Os encontráis desde hace un rato en la estancia apenas iluminada de un apartamento en el extraradio de una ciudad cualquiera. Entre las baldas que albergan una no despreciable cantidad de discos, ordenados alfabéticamente, buscáis alguno perteneciente al artista estadounidense Leon Russell. Váis pasando la mirada por los agrupados en la letra L, vocal E,  vuestros dedos seleccionan autores desde Leaf Hound hasta Leonard Cohen, último de la lista y, nada, en el canadiense termina la exploración infructuosa. ¿Cómo es posible, os preguntáis, que un artista de la importancia del oriundo de Oklahoma no tenga una sola referencia en esa aparentemente extensa y completa colección? Sentís en ese momento una merecida vergüenza que de ninguna manera queda reparada cuando, al objeto de paliar tamaña injusticia, recordáis que en algunas otras obras del inmenso surtido si aparece el autor mencionado. Con razón pensáis entonces que cualquier aproximación a la figura del recientemente fallecido Leon Russell quedará, a falta de menciones concretas de sus obras propias, desvirtuada, hasta que una conclusión más meditada os ayuda a salir del amargo trance. Leon Russell fue un artista de muchos, no solo de él, y hablando de ellos podréis conocer y comprender mejor su camino, su historia.

Supisteis de Leon Russell en el mismo año 1970 a través de dos de sus más famosas colaboraciones. La primera en el majestuoso "Mad Dogs & Englismen" (A&M Rcds) de Joe Cocker, la segunda en el no menos memorable primer disco en solitario de Eric Clapton (Polydor Rcds). La participación en el primero es mucho más extensa, cómo que es el mismo Leon el que se convierte en el alma mater del proyecto. Es él quien recluta una banda de acompañamiento formidable, líder de la misma y productor junto a Denny Cordell. Grabado en vivo en el Fillmore East de Nueva York en marzo de 1970 el elenco de músicos puestos a disposición de Cocker hace que se te haga la boca agua de nuevo al recordarlo. El set de canciones incluidas en el doble Lp es paradigma de uno de los mejores álbumes en vivo jamás grabados en la historia de la música rock. La obra primera del Clapton en solitario, ya encauzado su camino por tierras americanas, contiene una menor presencia de Russell pero no deja por ello de ser importante. Sus composiciones compartidas con el mismo Clapton ("Blues Power") y con Delaney Bramlett ("Lonesome And A Long Way From Home") compiten entre las mejores del resto de los temas incluidos en el álbum. Entre las grabaciones de Nueva York de Cocker y de Los Ángeles de este primer Clapton se estaba gestando uno de los mejores capítulos en la historia de la música rock. Leon Russell estuvo en ambas.

Recordáis ahora, con ambos discos entre las manos, las primeras imágenes en las que aparece un Leon Russell hasta entonces desconocido. Las magníficas ilustraciones de Ron Wolin en el "Mad Dogs & Englismen" muestran al artista con su larga cabellera y barba rubias, sombrero de copa con penacho incluido y guitarra negra al hombro. Sentado también con el resto de la banda haciendo con la mano izquierda el signo del acabado perfecto, sinónimo fiel de un trabajo que marcó un hito de auténtica excelencia. "Master Of Space And Time", titulan al pie de su dibujo y con razón pensáis que se adapta perfectamente a su pinta de lo más friki del conjunto. En la parte trasera del "Eric Clapton" Leon Russell aparece retratado junto a los músicos y amigos participantes en la grabación. Una habitación vacía a punto de ser empapelada. Eric pela una manzana, Bonnie Bramlett está sentada casi en la cima de una escalera. Bobby Keys y Bob Whitlock aparecen con vestimentas claras en primer plano de la foto, pero es Leon Russell el que acaparaba gran parte de vuestra atención. Esquinado a la derecha, con pantalones de gruesas rayas, chaqueta estrellada, sombrero y mocasines de estilo imposibles de definir, barba y gafas de sol, se convierte en el protagonista de la toma. Estrella en definitiva de una sesión que, al igual que la efectuada con  el Lp de Joe Cocker, ofrecerá a los aficionados la mejor versión de la más genuina y sorprendente música americana del momento.

Mientras escribías estas notas apresuradas (hacía ya unos cuantos días que un querido familiar os había hecho la típica petición del oyente) escuchabas una y otra vez el álbum "Carney" grabado por Leon Russell en 1972 y reproducido, ¡oh sonrojo apenas divisado por el lector confuso!, a través de You Tube. Todas las composiciones de la obra, desde su inicial "Tight Rope" con su galope circense, el "Manhattan Islands Serenade" con sus arreglos urbanos (sonidos de tráfico y de ríos), el folk sureño de "Cajun Love Song", las experimentaciones valientes del mismo título "Carney" (con clavicordio y armónica, por lo que adivinabas) y "Acid Annapolis" (exposiciones vocales), la maravillosa "This Masquerade" con su tonalidad compositiva a lo Herb Albert, os parecían dignas hijas de tan dotado autor. El resto de las canciones, "Out In The Woods", "Me And Baby Jane", "Roller Derby", "If The Shoe Fits", "My Cricket" y "Magic Mirror", conformaban un maravilloso crisol de todo lo que la buena música de raíces nos había legado. La interpretación del artista además parecía desenterrar el barro de unas melodías para ofrecérnoslas en sus huesos, limpias de polvo, llenas del tamiz brillante del sur, rebosantes de gospel, de blues, de raíces rednecks que llegaban desde las planicies horadadas de Oklahoma hasta las costas de California.

[Finalizada la sesión de este fabuloso "Carney", entra aleatoriamente en You Tube (bendito sea por una vez) el "Homewood Session",  la grabación televisiva que Leon Russell y su familia musical (tan antitética a la de Manson) hicieron en North Hollywood ese diciembre de 1970. Adjuntas este impresionante documento musical como fiel ejemplo de las palabras que mencionaste en el párrafo anterior. Quisieras destacar, además del entorno familiar antes aludido (divertido, distendido, contraste con cualquier emisión que pudieras hoy en 2016 imaginar) la presencia del bluesman Furry Lewis y de la increíble Claudia Linnear, también participante en los coros del "Mag Dog & Englishmen" de Joe Cocker, y que en este "Homewood" se encumbra como lo que realmente fue, una reina con un trono distinto]



[¿Qué, qué les ha parecido su visión?..., y aquí es cuando escribías aquello de miéntanme y me dicen que lo han gozado en su totalidad. A Miss Elly Smith bailando con el niño en sus brazos y la bakery spoon en la mano derecha  en la fabulosa versión del "Jumpin´Jack Flash", a Flurry Smith  con el cigarrillo en la comisura de los labios interpretando sus temas, a Claudia Linnear con un sujetador de lentejuelas haciendo carambolas a los coros, los niños desmadrados por el estudio, humo, gente, Leon Blue Eyes Wide Front Teeth serio, distante, feliz, los músicos de la sesión gozando como puercos en un lodazal de maíz recién recogido]

Profundizas más aún, emocionado por el alcance del intérprete, en la historia de Leon Russell y lo encuentras cercano a la familia Joad (1) emigrando hacia California. Antes en Tulsa ha estado desde edad muy temprana acompañando como músico de sesión a luminarias (Jerry Lee Lewis entre otros) de paso por la ciudad para ofrecer sus conciertos. Si, aquella Tulsa del "Well I Used To Drive A Cab You Know..." de un Neil Young colgado de madrugada en su tetera de acero y bolsita de Lipton (2). En Los Ángeles, con apenas 17 años, entra a saco como prestigioso músico de sesión en gran parte de las grabaciones que ocurren en una ciudad que muy pronto va a convertirse en la capital mundial del rock. Repasas los datos anotados para cerciorarte de la existencia de los artistas con los que trabaja en los mejores estudios angelinos y apenas si llegas a vislumbrar el alcance de su inmensa aportación, comparable tal vez (y aquí escribes que seguramente "lo superaria"...) a un Jack Nitzsche que, comentaba en alguna de sus muchas declaraciones, escogían a Leon como mejor solista instrumental en muchas grabaciones, también cuando querían empapar el ambiente de diversión y desmadre, los lagartos de la Ruta 66 llegaban extenuados ya desde el desierto de Mojave y sus alientos despedían, escribías emocionado, un vaho feliz y último que hermanaba los rednecks del medio-oeste con los hippies de los primeros años 70.

Dices que la música de Leon Russell era semejante al movimiento de aquellas caderas femeninas que le enamoraron cuando vio por primera vez a Mary McCreary, cantante de las Little Singers, acompañando a  Sly & The Family Stone en un concierto del Fillmore West de San Francisco en 1968. Ya sabéis que en los años inmediatamente anteriores su aportación como compositor, músico de sesión, intérprete, productor y arreglista llegaba a cotas a los que muy muy pocos artistas podían aspirar. Músico de sesión con los míticos Wrecking Crew del sello Capitol de Los Ángeles, participante destacado en grabaciones de Bob Dylan, Phil SpectorThe Rolling Stones, The Byrds, Frank Sinatra, Glen Campbell, J.J. Cale, Ike & Tina Turner, Aretha Franklin, Sam Cooke, B.B. y Freddie King, Marvin Gaye, The Monkees, The Ronettes, The Everly Brothers, Herb Albert, The Beach Boys, ¿hacen falta mejores credenciales qué estas, preguntas?... Sus aventuras inmediatamente posteriores a las que relatas, a destacar su participación en el "Concert For Bangla Desh" (Capitol Rcds, 1971), en el que George Harrison le encarga co-organizar el mítico concierto del primero de agosto de ese año en el Madison Square Garden de Nueva York, y por no cansar al lector con tantas referencias, sus famosas grabaciones en dueto con Willie Nelson, añadiendo, año tras año,  a la fiesta del 4 de Julio un nuevo himno americano donde el agreste viento del Dust Bowl se apaciguaba entre los suaves viñedos de California, y ahí también piensas que Dean Moriarty (3) tuvo razón en su viaje desde la fría ciudad de Nueva York.

Un artista de muchos, un artista de todos con cuanta razón escribías al final del primer párrafo. Compositor de temas inmortales como las colas pardas de las lagartijas. Desde el "Delta Lady" para Joe Cocker, al "Superstar" de The Carpenters (preferías, ¡no me equivoco!.. la agónica voz en la versión de Rita Coolidge del "Mad Dogs & Englishmen", al teclado de acompañamiento un inmenso Chris Stainton que anticipaba los "Farm Aid Concerts" de un par de décadas después), "The Masquerade" de un George Benson que imitaba como nadie al sinsonte de los sonidos ocultos de las sequoyas (primer número uno en las listas conjuntas de jazz, pop y r&b), el "A Song For You" del último concierto de despedida de Ray Charles junto a su amigo Willie Nelson, el "Hummingbird" de B.B. King hacía ramonear su guitarra hacia pasturas más del Delta, siempre frescas. Leon Russell se enfrentaba en ese momento a un Fillmore East extasiado y sus teclas reinventaron un "Girl From The North Country" de Bob Dylan. Los bises que se iniciaban, a partir de ese justo instante en "Mad Dogs & Englishmen", tuvieron el sabor interminable de la mejor fiesta de cumpleaños de los primeros 70.

Mirabas entonces, igual que ahora, los logotipos de los sellos Shelter y Paradise Rcds., propiedad del mismo Leon Russell y de Denny Cordell,  y evocabas aquellos momentos felices en que escuchabas esos maravillosos discos de su paisano J.J.Cale, el primero de The Gap Band (no finjas, no lo conocías hasta ahora mismo) y el de Tom Petty & The Heartbreakers, o los de The Grease Band. La figura del huevo invertido y la letra S que un infraterreno Superman le reclamaría después como propia, sobre fondos rojos y anaranjados; más tarde esa cara de maestro-hombre-hobbit en la galleta de ese inmenso "Sincerely" de la Dwight Twilley Band (¿hasta cuando permanecerá en el cuarto oscuro este sensacional grupo?) se hacían tuyos y veías al hermano Leon produciendo y colaborando con esas bandas saturnales. Un sello para emigrantes musicales, también cobijo del primer single editado de un tal Bob Marley, el "Duppy Conqueror", primer single de música reggae publicado en el mercado americano. Y entonces no te preguntabas si esa línea tan débil, alineada con las más poderosas de  EMI/Capitol, A&M, Elektra/Reprise, Columbia/CBS, Atlantic/Decca, Warner Bros, Polydor/Robert Stigwood, sobreviviría. Lo haces ahora sorprendido al saber que aquellos sellos, junto a los mencionados Shelter y Paradise, fueron la antítesis dichosa de los actuales superpoderes de Sony y Universal, una amalgama de multicomunicación que sabes identificar perfectamente cuando caminas por los pasillos de los supermercados de Carrefour.

Estáis enfrentados al ordenador como tú, interminable caracoleador de dedos sangrantes. Él, Leon Russell sigue en You Tube, esta vez interpretando los temas grabados en su concierto del Fillmore East de noviembre de 1970, año mágico (el año de "Llena Tu Cabeza De Rock"). Tú intentas hacer justicia a un descomunal artista. Bill Graham se ha dirigido lacónicamente a la audiencia presentando a Leon Russell y éste, acompañado inicialmente de su piano, interpreta uno de sus temas más inmortales, "Song For You". Las teclas se deslizan hasta los asientos carmesí del auditorio. Recuerdas, aunque no lo vieras, a un tal Leonard Cohen que aplaudía emocionado la interpretación del "Get Out Of My Life Woman" de Allen Toussaint. Me comentabas que hacia medianoche, ya terminado el concierto desde hacía más de una hora, se enfundó su "Famous Blue Raincoat" y pidió al taxista dirigirse hasta el Chelsea Hotel, en la calle 23 Oeste. Esa noche la ciudad parecía helada.


(1) "Las uvas de la ira" (John Steinbeck)
(2) Neil Young , "S/T" (Reprise Rcds, 1968)
(3) "En el camino" (Jack Kerouac)

8 nov. 2016

INUNDACIÓN




LUIS BOULLOSA "SANTOS Y FRANCOTIRADORES. Supervivencia, literatura y Rock & Roll"

Pensaba hasta hace bien poco que en la página 69 de cada libro era cuando sucedía lo más importante, lo más inspirado del texto. Leí en algún artículo que esa era la costumbre de algún autor conocido, abrir cualquier libro al azar por ese folio y ojeando tan solo parte de su texto columbrar si merecía o no la pena leerlo, quizás adquirirlo.

30 páginas (martes) después de la experiencia erótica el órgano de la catedral entona una nueva melodía llamando a la calma. Tanto era el embrollo en el que pensaba inmiscuirse el autor durante 498 páginas que (el siguiente miércoles) el comandante aconsejó parar: (sic) "Sea como sea, este es uno de los momentos en que en un libro como este, hecho para ser escuchado como para ser leído, debe ser apartado temporalmente..., le recomiendo fervientemente que deje el tocho en la mesa y consiga esos discos..., que se encierre en casa y experimente con la mente abierta y el volumen a tope"

Y paré, no recuerdo el día en que fue pero se que hoy seguimos en el lunes de ayer y hago esfuerzos por no olvidar lo que había hasta entonces leído. Apenas han pasado unos días llenos de semanas.

Paré, si,  y me sumergí en unas jornadas alegres y confusas. Revistas de música, apuntes de poesías en el reverso de recibos de Supermercados Leclerc, fotografías, conciertos sin parar, de parranda con la pandilla por barrios que no volveré a pisar, lo típico de cualquier friki demasiado tiempo encerrado, corte radical de pelo, parezco un puto skin. Punto álgido, la visión (un domingo) del "Rude Boy, Ray Range & The Clash" de Jack Hazan y David Mingay (Beefeater-In-Edit, 2016) La crudeza de los primeros y más salvajes conciertos de la banda londinense, todos los miembros con un formidable stress escénico y creativo a cuestas, en una Inglaterra donde Thatcher ya sacó el hacha de la guerra...., y si me descuido hacia las Islas Malvinas me llevaba tal un corte tal del "Two Quid Deal" de Skin Alley, que me encontraba felizmente perdido entre su música (en ese mismo lunes precisamente)...,y por favor (no puedo más), por eso ruego encarecidamente al admiral de La Madre Atlántica Sir Luis Boullosa que me perdone (por el momento)..., que me levante la leva y permita de nuevo que recupere el tocho y empiece a hablar con cierta seriedad del libro, si es que soy capaz.

Conocí a Luis Boullosa como a él seguramente le gustaría decir periféricamente,  yo prefiero hablar de una cercanía producto de un azar disfrazado de oportunismo. Y es que la tienda de discos favorita tiende a ser como el salón oscuro de casa cuando paras por allí, y entonces pedí permiso a Jesús y cogí de una silla el número 0 de Karate Press, me quedo mirando su atractiva portada, lo hojeo y sin dudar de su gratuidad me lo llevo a casa. Debo admitir que desde aquel viernes soy otro hombre, ni mejor ni peor, solo que muy otro. Gracias a Karate Press  he descubierto unos autores (literarios y musicales) que me han abierto cajones hasta entonces cerrados en mi cabeza. Los he leído y escuchado al mismo tiempo que pasaba, número a número, las hojas de sus revistas. Todos los números hasta ahora publicados han aumentado mi temperatura corporal y mental, orgánica y psicotrópica. No estoy yo muy seguro si lo hemos comentado antes, pero es en la oportunista estrategia de la provocación cuando mejor o peor se obtiene el objetivo perseguido. En mi caso no se, es como haber descubierto con Karate Press un viejo tractor Ebro-Kubota  en el pajar abandonado y empeñarte en arreglarlo, no se sabe por qué razón, no tengo finca que arar. Como si te guiara alguien desconocido por un desierto donde sonaran  máscaras desconocidas de black metal y las cortinas se quemaran con el experimental y noise más extremo. Y eso al hablar de música, no quiero pensar que me ocurrirá cuando me meta con la literatura de una de sus recomendaciones, Thomas Ligotti.

Los caminos varios con los que Luis Boullosa pretende convencer al lector de su "Santos y francotiradores" (Edit 66rpm, 2016) se bifurcan en, a saber,  presentación de personajes y bandas, hablan los personajes y diserta el autor. Rafael Berrio y Blooming Látigo, por ejemplo; se entrevista a Josele Santiago de Los Enemigos y también Luis Boullosa se retrata en no pocos temas más o menos polémicos, siempre interesantes. Estos tres canales comentados confluyen en una única divinidad tan verdadera, tan potente, y tan osamenta del credo como las del cristianismo tridentino. Es en definitiva el verdadero lenguaje del autor el que se convierte en el magnífico salvador del libro, aglutinador y pegamento además del numeroso fárrago de información que facilita Luis en el transcurso de la obra. Discos, libros, filósofos, poetas, psiquiatras, países, muchas ciudades, calles y bares, intoxicaciones, hoteles, viajes y conciertos, años y más años, historias que, en la mayoría de los entrevistados, superan bien las decenas, las generaciones. Luis escribe muy bien, a veces se nota el esfuerzo con qué lo hace, otras muchas le sale el verbo de corrido, con una naturalidad pasmosa. El empleo de símbolos e imágenes en muchas frases crea para los entendidos asociaciones dignas de análisis pormenorizado. Aquellos que conozcan la música por dentro y por fuera, como algo serio y desenfadado a la vez, agradecerán expresiones como la de la página 127, hablando de la obra de Javier Colís:"...esa solidez constructivista abrasada por un calambre inesperado. Esa capacidad para hacer que te sientas al tiempo incómodo y atraído que poseen las serpientes y algunos -muy pocos- músicos. Esa torre herida por el rayo".

Los buscados manifiestos supuestamente incorrectos o de discutible elegancia (su empleo puede a veces no quedar tan cool),  los exabruptos periféricos hacia un centro peninsular sistémicamente cerrado (la salvación redentora nos viene otorgada desde los ejes periféricos), el no cesar en la crítica a una sociedad banal e inexorablemente globalizada (algunos de cuyos hijos compran los productos objeto de nuestro culto), además de otros argumentos cercanos a considerar el detritus secular de la nación como razón suficiente para seguir por esa línea crítica , no dejan de utilizarse sabiamente por el autor para asegurarse su parcela de escritor outsider. Jaime Gonzalo, (también algo más que crítico), también escritor musical de amplio espectro, en numerosas ocasiones mencionado en este "Santos y francotiradores" por Luis (con admiración la mayoría de los casos) nos serviría de parangón para llegar a comprender lo que el autor quizás pudiera pretender con su prosa y estilo. Frente al lenguaje muchas veces (razonadamente) barroco de Jaime, Luis antepone un idioma más crudo y simple, barojiano y bello en sus venas de palabras cultas y expresiones concisas, frases poderosamente ingeniosas, muchas veces matemáticamente exactas. Lo prefiero a él.

"Dance To The Music....", martes, vísperas de festivo.

"Santos y francotiradores" no defraudará al lector ávido de noticias tanto musicales como puramente existenciales. Los protagonistas del libro se posicionan ante su obra artística y explican al lector sus razones para crearla, mantenerla, modificarla o (incluso) criticarla. Nos hablan de sus ambientes cercanos, de sus gentes e influencias, de sus experiencias, gratificantes muchas de ellas (recuerdo especialmente las de Alberto Acinas en la selva de Nayarit, o la clarividencia de Luna de Carpa después de leer "La Diosa Blanca" de Robert Graves, y ligar su análisis entre la existencia circular y la lineal). No resultan tampoco insustanciales para el lector el conocer del elaborado razonamiento y compromiso socio-político de un Niño de Elche y contraponerlo con la aparente ingenuidad naïve de un Dorian Vian más pop, sin ser forzosamente más sencillo, antítesis necesaria a un prurito intelectualoide que planea en muchas de las opiniones de los artistas invitados. Y entre opinión y opinión, el autor muestra su amplia cultura literaria y musical, pocos son los que mencionan a un Rudimentary Peni o a un Dim Stars, menos aun los que en un texto musical hablan de Celine o de Jung.

Parte interesante, y bien necesaria en un libro como éste, cuando Luis Boullosa nos expone, casi en la conclusión, su posición sobre la crítica musical y el papel que debería jugar en una escena que aun no ha dejado de ser considerada subterránea. Los puntos de vista de su colega Xavier Castroviejo, en cuanto a la imperiosa necesidad de contemplar un paisaje paralelo entre música y literatura que la sostenga, revaloriza sin duda la necesidad y la razón de libros como éste. Más que libro-río, libro-canal con sus correspondientes exclusas, este "Santos y francotiradores" posee en cada capítulo una zona estanca, unicamente dedicada al artista que lo protagoniza. El lector tiene en sus manos, una vez terminado cada episodio, las llaves para abrir las compuertas que le siguen. Dos son sus opciones. Mantener a cada protagonista en su inmensa pecera de hormigón o, abriendo la presa en sentido contrario, la inundación. Prefiero ésta última. Elijo leer y escuchar. (Elliott Smith, "Figure 8", es casi miércoles)










31 oct. 2016

RAREZAS XI: VERTIENTES





T. 2                                      "IT´LL ALL WORK OUT IN BOOMLAND"            
Tengo a la espera finalizar un poema que de momento contiene, en única y rigurosa exclusiva, la palabra vertientes. Me gustaría incluir alguna expresión que empleara palabras como césped, almidón o frases premonitorias como fuego en palacios a punto de ser derrumbados. No sería tampoco demasiado largo, justo el símil de un sonido de trompetas que no conduce a nadie a nada, es decir un acontecimiento casi imposible de relatar, un pensamiento que solo existiera en el vuelo rasante de un monarca enfermo. Cargo las culpas de esta imposibilidad contra el cúmulo de información política, basura que inunda sin piedad mis ratos libres, tal es el arsenal de palabras, imágenes, mensajes y publicidad encubierta que penetra en mi cerebro y que supera con creces la capacidad de aseo de mi mente torturada (por ello). Pienso que aun es pronto para recurrir a la ayuda que un guru como Amen Ra Mashariki pudiera prestarme, pero aun así no cejo en el empeño de liberarme día a día, aunque sea escribiendo en sueños.

El nombre de la banda londinense T.2 ( pronúnciese Tí Tú) no tiene nada que ver con ningún terminal aeroportuario. Su música, de hecho, la concepción de sus melodías, la forma como las  desarrollan, las impresiones que causan al oyente, si se asemejan sin embargo a un vuelo, pero es un viaje que no conduce a ninguna geografía reconocida por Google Map. No existen por lo tanto arcos detectores de pasta dentrífica caducada, ni policías disfrazados de servidores de la seguridad ciudadana, menos aun azafatas estupendas. Solo que al escuchar sus canciones uno decide quedarse en tierra, ¿para qué irse por las altitudes celestiales si desde el mismo suelo puede uno experimentar el suave naufragio al caer sobre nubes de algodón, recibir golpes metálicos que te derrotan suavemente?

T.2, una banda londinense, decíamos (ayer) que, como tantas y tantas, tuvo sus antecedentes en otras que utilizaron otras denominaciones de las que ya pocos se acuerdan, aunque, eso sí, dejaron su huella en la escena inglesa de los últimos años 60. Neon Pearl (maravilloso nombre), The Flies, The Odd Few, Please, Gun o Bulldog Breed (estos últimos, autores de un muy recomendable trabajo "Made In England", Deram´s Nova Rcds, 1969) y que, curiosamente tienen a fecha de hoy continuidad en otra formación abanderada del mejor revivalismo psicodélico (del bueno, del de hace 20 años) Sun Dial. Precedentes que bebieron (menudos son los anglosajones para ello) en la sagrada comunión de la lírica inglesa de Dickens y de Lewis Carroll, una elegía de la campiña y de la ciudad incendiada que se torna en melodía ensoñadora en los mejores momentos de inspiración (yo me entiendo). Lo comento de pasada porque T.2 es básicamente un grupo de blues-rock progresivo que ciertamente se encuentra en el lugar y en el momento preciso, finales de los 60, haciendo la música demandada por el mercado y por la industria de la época.

Consta además, en su breve historia, que participaron en Tercer Festival de la Isla de Wight, si, el de las vísperas de la muerte de Jimi Hendrix y el de la famosa bronca del respetable a Kris Kristoferson, el de 1970, y que igualmente su pase tuvo lugar en la madrugada del domingo 30 de Agosto, no se sabe a ciencia cierta si lo hicieron después de Jethro Tull, The Moody Blues o antes de Joan Baez, tal fue el "desconcierto" de muchos plumillas de los medios (Melody Maker y New Musical Express) que no fueron capaces de ponerse de acuerdo sobre el particular (De hecho, en ninguno de los carteles del Festival del año 1970 aparece T.2 como banda participante...) Una intervención más que merecida en la East Afton Farm (la sinónima de la isla británica a la famosa granja de Bethel, en el Woodstock americano de un año antes) que los mánagers de T.2 han compaginado meticulosamente con la contínua presencia de la banda en numerosos conciertos en el circuito de clubes londinenses, con residencia incluida en el prestigioso Marquee de Wardour Street (donde se cuenta que llegaron a actuar más que ningún otro grupo inglés de la época), además de girar por otras numerosas ciudades y colleges universitarios.

Su sello Decca (inmerso entonces, como muchas otras compañías, en la búsqueda y captura de cualquier pieza que tuviera un mínimo de interés para los gustos de un público que cambiaba rápidamente hacia otros pastos) les adelanta la  ingente cantidad de 10.000 libras esterlinas para la grabación de su primer Lp., "It´ll All Work Out In Boomland". El trabajo se realiza en uno de los mejores locales, el Morgan Studios, y en Julio de ese mismo 1970 el disco se encuentra en las estanterías de las más conocidas y prestigiosas  tiendas del ramo. (Cuentan también los plumillas que, durante las seis semanas que duró la grabación, un Rod Stewart, todavía embarcado en The Faces, y un Paul McCartney, siempre interesado en la cocina londinense, llegaron a compartir el mismo local, pasándose con cierta asiduidad para admirar y animar al grupo). El incremento de la aparición de la banda en los medios musicales hace que los promotores de conciertos les hagan ser compañeros de carteles en giras de alto nivel, gente como Black Sabbath, Deep Purple o Free. Su participación en el programa de TV Disco 2, en el mes de septiembre de ese 1970, ayuda a la cocción y presentación en sociedad de la nueva esperanza blanca.

Esa NEB, ese grupo del que muchos hablaban, algunos escuchaban y no tantos compraban este su comentado trabajo "It´ll All Work Out In Boomland" (horrible título, por cierto...) tenía una pepita, un tesoro escondido en lo más recóndito de sus entrañas y que los mánagers de Decca pretendían exprimir a toda costa. No, no se trataba de Peter Dunton (batería, voces y líder compositor de los cuatro temas del Lp), músico de una larga trayectoria (ya adelantada en las referencias reseñadas en el tercer párrafo), con una capacidad compositiva que queda magníficamente demostrada en este disco. Tampoco era Bernard Jinks, compadre de Dunton en varias de sus aventuras anteriores; un bajista, por otro lado, de acrecentada versatilidad, contundente en los momentos de golpe y de fragua, liberado de ataduras cuando es menester abrir el blues-rock hacia campos hard-progresivos más deletéreos. La niña de nuestros ojos es Keith Cross, un joven de apenas 17 años cumplidos que domina con un impresionante talento la guitarra eléctrica y, para mayor sustancia, no le hace ascos a los teclados, tampoco a las armonías vocales, tan decisivas en aquellas propuestas de rock progresivo (como es el caso) en que los puentes vocales entre instrumentos requieren mayor peso en muchas de las canciones.

Keith Cross es el que domina, en definitiva, los magníficos surcos de este "It´ll All Work Out In Boomland". Su guitarra, que fue comparada por los medios musicales en su día, como la digna sucesora de Eric Clapton (afirmación totalmente incomprensible según mí parecer), bulle en una marmita de fuzz y clasicismo. Me gusta compararle con el John Entwistle del mástil prodigioso, esta vez armado en sus seis cuerdas, deslizándose académicamente bajo un destello de dedos imposibles de seguir. Sus riffs se asemejan a las líneas del bajo de John, sus acordes se elevan hacia distorsiones tan bien medidas que causan un ohhhhhh (¡hostias!!!) de pasmo torero, sus bajadas (magníficamente conjugadas con sus aportaciones a los teclados) arañan la tierra y encuentran entre la arena del parque ese juguete que perdimos hace tantos años, cuando el rock era tan prodigioso, tan nuevo.

Cuatro canciones, cuatro temas sobrados, porque un disco raramente ha podido dar tanto con tan pocos números. "In Circles", "J.L.T." y "No More White Horses" en su cara A. En la B, una única pieza, "Morning" de 21:12 de minutaje, un número que pareciera cerrar en su capicúa el misterio del círculo mágico, y que también sirve de inspiración a Peter Thaine para la ilustración de la cubierta del disco. Todo, absolutamente TODO, lo que un disco que conjugue el mejor blues-rock con el estilo progresivo de los muy primeros 70, se encuentra en este trabajo de T.2. No les hablaré de sintonías con otros grupos de la época, para aquellos que no dispongan de ninguna referencia de la banda (bueno, si,... The Moody Blues en los momentos más dulces, de Free, en aquellas ocasiones en que prendo el cigarrillo y me atizo un nuevo whisky). Si les contaré, sin embargo, que nuestro primerizo héroe Keith Cross, atenazado por un exceso de trabajo y  fama que se le hacían difícil de digerir, decidió a finales de 1970 dejar la banda y centrarse en otras apuestas donde un estilo musical más relajado y la exposición mediática fueran menos estresantes. T.2 no solo perdieron en ese mismo momento su reclamo más importante, también abandonaron una nave que raramente se asoma por una bóveda celeste llena de tonterías de Halloween.



Entrada dedicada a Aitor Aróstegui, un chaval de ocho años (creo) que sube por los tejados de madera.