HOME                     LINKS                       CONTACT                      

29 sept. 2016

ALIEN





FLASHBACK ISSUE 8                        "SPRING 2016"
En la parte trasera de la portada del número 8 (Spring 2016), correspondiente a la fantástica edición musical del Flashback, aparece una descomunal maquinaria industrial cuyo uso va más allá de mi conocimiento de hombre de letras (nunca por ello contrario al progreso de la ciencia). Sobre una difusa intemperie, a la que sirve de fondo un característico e insípido cielo blanco inglés, se recortan tímidamente las ramas y las hojas verdes de un par de árboles situados a ambos lados de la escena principal. Atravesando la trayectoria de la imagen, en una aparente dirección de derecha a izquierda, se nos muestran unos herrumbrosos brazos de acero, estáticos en su definitiva fuerza estética, terribles reflejos de una linealidad que parece anunciar una violencia desconocida. Son líneas de acero azules perfectamente trazadas, con sus ejes, rotores, ruedas y latiguillos hidráulicos que se asemejan, más por lo que anuncian que por lo que realmente representan, a una reencarnación del monstruo Alien. El esqueleto de la máquina alcanza a tres de los cuatro miembros de la banda inglesa The Koobas, cabecera de la edición de este número octavo. El cuarto integrante del grupo, colocado fuera del alcance del maligno artefacto, fue el único que sobrevivió a un destino terrible.

Como ya viene siendo habitual desde su inicio en el año 2012, la revista inglesa Flashback rompe la pana con un número de soberbia elaboración. Y lo hace no solo por el atractivo contenido de ésta su última propuesta musical, rica, diversa y tan amena para el lector (supuesto que entienda la lengua), también porque entre sus páginas se sigue mostrando el amor y la esmerada dedicación de unos profesionales que, liderados por Richard Morton Jack, demuestran al mundo mundial que en este apartado de la crítica musical no hay Brexit que valga.

Es habitual, dentro de la estructura narrativa de Flashback, ofrecer al aficionado unos entremeses de entrada. Para abrir boca, Michael Tanner, un elfo lleno de esporas como solo las Islas Británicas pueden producir, nos muestra sus predilecciones musicales. Entre sus múltiples preferencias he tomado buena nota en favor de Lino Capra Vaccina y su obra "Antico Adagio", un grupo psicodélico italiano de finales de la década de los 70 que elabora a su alrededor un nuevo misterio religioso (alineado con el gélido mármol del futurismo). David Hitchcock, testigo de excepción del swinging London de los 60, responsable del diseño artístico de los sellos Decca y RCA de la época. El "Aardvark", homónimo del mismo grupo, el "In The Land Of Grey And Pink" de Caravan, el "Swadding Songs" de Mellow Candle, el "Foxtrot" de Genesis, el "Kings Of Oblivion" de Pink Fairies o el "Mirage" de Camel son, entre otras muchas referencias, cubiertas históricas en las que David participa. Tony Elliott, creador de la revista Time Out, junto a International Times portavoz del mejor momento musical y del underground del Londres de finales de los 60 (el primer número de la revista aparece en Agosto de 1968) tiene su momento de excepción. Una extensa reproducción de las mejores portadas de la revista, y de la selección de conciertos que entonces acontecían, me retrotraen al primer Londres que conocí en el verano de 1974, cuando empezaba a fumar en pipa y todavía persistía el encanto inigualable de una urbe que aun no había cedido el testigo a la ciudad de Nueva York.


En el apartado de artículos dedicados a grupos, Catapilla, una banda de folk-rock progresivo de los últimos años 60 (he visto hace pocos días, en la Feria del Disco de Madrid, su obra magna homónima, en la primera edición del sello Vertigo, por 80,-€). Robert Calvert, su saxofonista, no solo cuenta la historia de la banda (con una Anna Meek pletórica en virtuosismo y belleza), también relata con pasmosa exactitud la (super)vivencia de las bandas inglesas de la época. Paternoster, otro grupo progresivo de los primeros años 70, austriaco en este caso, y como no podía ser de otra manera, imbuido por una poderosa educación clásica que influiría en su estilo. The Human Beast, un power-trío escocés también de comienzo de la década de los 70, más conocido por sus más fieles seguidores por el nombre de Skin (bastante más atractivo). Su única producción "Volume One" la he visto reeditada en alguna de las mejores tiendas de discos de Madrid. Mushroom, Taman Shud y The Parlour Band completan la paleta crítica sobre las bandas objeto a examen. Irlandeses los primeros, australianos los segundos, de la Isla de Jersey los terceros, todos con suficientes y atractivos entresijos históricos, su interés musical queda presupuesto y entretiene al lector siempre ávido de conocimiento en la materia.

Entre plato y plato, y antes de entrar en la especialidad de la casa de este número 8 de Flashback, algunas tapas para seguir potenciando el apetito de los insaciables comensales. Una entrevista a George Martin, publicada en la efímera revista Eye por J. Marks en 1968. Un prodigio de anécdotas, a cual más sabrosa, sobre los primeros (y posteriores) tiempos de The Beatles en Londres. Un jugoso artículo de Aaron Milenski sobre la evolución de los periodistas críticos de rock (y el nacimiento de la figura del coleccionista de vinilos), basado en el ya mítico libro de Paul Gambaccini, "Rock Critics´Choice. The Top 200 Albums" y una extensa relación, firmada por eminentes arqueólogos del asunto (Richard Falk, Stig Lundgren, Austin P. Matthews, Aaron Milenski y el mismo editor de la revista, Richard Morton Jack) sobre las más importantes grabaciones privadas hechas en Inglaterra entre las décadas de los 60 y 70 ("British Private Pressings"). Gran placer al descubrir que mi colección contiene obras de Complex, Dark y Forever Amber.

Lo mejor de la boda de este Flashback queda para el final, cuando aparece sobre la pista de baile la banda liverpudiana The Koobas, uno de los mejores exponentes de la naciente escena (mitad de los 60) merseybeat. Apadrinados por el gran Tony Smith (más tarde (re)conocido internacionalmente con el más aristocrático nombre de Anthony Stratton-Smith), su trayectoria es temporalmente pareja a la de The Beatles en su época Brian Epstein, a la del Star Club de Hamburgo, a la de la eclosión de los singles y de los charts, el mejor momento sin duda de la entonces no tan extensa historia del pop y del R&B en las Islas Británicas. Las entradas y salidas de varios miembros en los primeros momentos de la banda se suceden hasta que queda consolidada la formación definitiva, acontecimiento objeto del extenso (y documentadísimo) artículo de Richard Morton Jack


Roy Morris, Tony O´Reilly, Keith Ellis y Stu Leathwood conforman el representativo ADN de los músicos ingleses de los años 60. Con un nivel técnico e instrumental apreciable (no fueron los primeros de la clase, a pesar de numerosos antecedentes musicales familiares), con un escaso nivel de composiciones propias (pereza creativa que, a la larga, les condena a cierto y merecido ostracismo), carne de carretera para innumerables conciertos por Inglaterra y el Continente europeo, muy apreciados en Suiza (donde coinciden en un terrorífico concierto en Zurich, el Monsterkonzert de Mayo de 1968, [ríanse de la violencia policial los asistentes por entonces a conciertos en nuestro país], donde comparten escenario con las luminarias del cartel, Jimi Hendrix Experience, The Animals y los Bluesbreakers de John Mayall), su trayectoria es el glorioso relato y reflejo por el que pasaron un sinfín de bandas inglesas de la época, un cúmulo interminable de anécdotas muchas veces curiosas y divertidas, otras no tanto.

El número 8 de este Flashback de la primavera de este año 2016 (¿eramos entonces más felices?...), termina con las usuales secciones de crítica de discos, libros, imagen (DVDs) y la última página, inteligentemente reservada a un enigmático (y relativamente desconocido) autor, banda o grabación que bien hubiera merecido una reedición, a estas alturas negada por la industria. Entre los muchos discos comentados apunto como preferencias a la banda tejana Stud en su Lp homónimo y al freak también americano John Michael Roch (recomendado además por mi admirado Patrick Lundborg), en su "With You In My Arms", ambos recientemente desenterrados; entre los libros el "Future Days: Krautrock & The Birth Of A Revolutionary New Music" de David Stubbs, y en el apartado imagen, me llevo a la cama al querido Rory Gallagher con su "Taste, What´s Going On - Live At The Isle Of Wight". La última página está dedicada a un (reconozco) desconocido John Wonderling. Su obra magna "Day Breaks", originalmente publicada por Paramount en 1973, seguramente hizo las delicias para los afortunados que la poseyeran. No parece que en este caso mi suerte cambie para tanto.




23 sept. 2016

RESERVA INDIA





LINCOLN STREET EXIT                         "DRIVE IT!"
La tarde del 21 de Julio de 1993 el Ingeniero Luis Barranco, con apartado postal 929 de Oaxaca (según me indicó posteriormente en un breve apartado en el que fumamos la pipa de la paz), interrumpió de forma abrupta la hasta entonces placentera visita que estaba disfrutando en el magnífico Museo Nacional de Antropología de la ciudad de México. En ese momento andaba por una de sus salas tomando notas sobre el árbol de hormigas de los indios yaquis y el culto del peyote de sus hermanos nativos, los coras y los huichales. He de reconocer que, a pesar de la inicial mirada recriminatoria que observé en los ojos del Ingeniero Barranco (al conocer mi condición de español y asimilarme, supuse entonces, con el opresor colonialista), la idea y la imagen de unas diminutas hormigas rojas comestibles (me las imagino con cierto sabor a miel y olor de flor de azalea) me fascinaron mucho más que la perspectiva del casual encuentro con el Ingeniero Barranco; y... ¡qué decir del peyote!..., su sola mención me retrotrajo a la fascinante lectura de "Las enseñanzas de don Juan" de Carlos Castaneda. Condenemos pues de antemano al Ingeniero Barranco al olvido.

A 2.247 kilómetros de distancia de la capital federal mejicana se encuentra la ciudad de Alburquerque, una de las más importantes del estado de New Mexico, territorio que  junto a los de California, Arizona, buena parte de Nevada, Colorado y Texas fue usurpado, a principios del siglo pasado, por los Estados Unidos a la no entonces tan incipiente (pero si debilitada por las contínuas luchas internas) República de los Estados Unidos Mexicanos. Con una población que superaba los 300.000 habitantes a principios de la década de los 60, la ciudad de Alburquerque estaba democráticamente dividida en dos partes claramente diferenciadas. La zona alta del Este, conocida como la "Burque´s Eastside Heights", era el territorio donde los ciudadanos blancos gozaban de todos sus derechos y extendían su asentamiento como pobladores mayoritarios. También estaban allí los mejores clubes y los pocos estudios de grabación operativos. La parte baja de la ciudad, el "Mesa Valley" que se expande por una enorme meseta hasta el Río Grande (y que sirve además de demarcación territorial entre las dos comunidades) domiciliaba a los nativos americanos (amerindios), afroamericanos e hispanos (cerca de un 30% de la población en aquella época).

Algunas damas que siguen soñando con el beso de los lagartos de oro me cuentan cómo Dean Moriarty (1) pasó por aquellos parajes buscando un satori en su camino hacia los fértiles viñedos de California, al igual que lo hicieron los okies  de John Steinbeck y de J.J.Cale. Enormes carrizos salvajes solían cruzar las solitarias carreteras empujados por el viento seco del desierto, mientras los correcaminos (que el gran Chuck Jones creó para la Warner Brothers) rivalizaban en velocidad contra los lentos efectos narcóticos de la picadura de las serpientes de cascabel. En las cunetas, abrasados por un sol sin piedad, Dick Hickock y Perry Edward Smith (2) recogían el vidrio abandonado para costearse su  huida hacia México. La Ruta 66 atraviesa Alburquerque, en lo que se supone es la mayor planicie en la última parte de la mítica ruta (más de 1.873 kilómetros), desde Shamrock en Texas hasta Los Ángeles. Un autobús de la compañía "Aztec Bus Lines" hace un alto para recoger a unos pasajeros que viajarán en total silencio hasta la frontera en El Paso.

En ese escenario de bellísima desolación, los músicos Mike Martínez, Lee Herrera, Mac Suazo y Paul Chapman graban a lo largo de 1967 para los sellos Lance y Psychout Records los primeros singles de lo que sería la prolífica carrera de Lincoln Street Exit, una banda de rock, con fuerte carga hard-blues y tonalidades heavy-psych, y que además fue considerada como una de las primeras formaciones de rock estadounidenses en las que la mayoría de sus miembros eran aborígenes americanos (Redbone se les adelantaron unos meses) Hay quienes piensan (como yo lo hago ahora) que por sus apellidos hispanos deberían ser considerados más como indios navajos que sioux, tribu a la que quedan asignados por la mayoría de los críticos y expertos conocedores de la banda.


Ante la inesperada muerte de Paul Chapman, a las figuras de Martínez (guitarra principal y voces), Herrera (batería) y Suazo (bajo) se une a finales de 1967 R.C. Gariss como segundo guitarra. En los siguientes años el grupo se curte en numerosas actuaciones por la zona donde, ante un público de todo pelaje y que, como en muchas áreas de la frontera, no era reacio a las mezclas de estilos e influencias (el tex-mex surgiría pocos años después) refuerza sus avales como una banda orientada hacia un potente psych-blues-rock. 1970 es el año clave de Lincoln St. Exit porque sus sueños de dar a luz por fin un larga duración llegan a convertirse en realidad. Bob Shad, creador del sello neoyorquino Mainstream Records y figura destacadísima en la historia de la música moderna (tanto en sus vertientes de productor como propietario de vallos sellos de jazz y rock) les graba su primer y único Lp como Lincoln St. Exit, el "Drive It!" que nos ocupa hoy.

¡Bob Shad asistió a algunas de las grabaciones de Charlie Parker en los últimos años de la década de lo 40, señores! En los inicios de los 50 ya estaba al tanto de lo que  ocurría musicalmente en todas las down-towns de cualquier ciudad norteamericana que se preciara como importante. Entendía la voz de Billy Eckstine y de Quincy Jones recogió el legado de la nueva balada negra americana. Grabó el primer disco de Big Brother & The Holding Company, incluyendo a una casi bisoña Janis Joplin. Sabía que, tarde o temprano, lo que no pudieron ni Stax ni Hi Records lo iban a conseguir ellos, vencer a la poderosa Motown, o por lo menos conseguir un mayor hueco en el mercado del creciente interés blanco por la música de raíces autóctonas. Y es que cuentan (las damas del beso del lagarto dorado entran de nuevo aquí en acción...) que alguien grabó a Berry Gordy saliendo del parking elevado del Blue Deck en Detroit, pronunciando un sonado "whatfuckingisthatshit!!!" mientras escuchaba el "Soulful Drifter" de la banda,... o ¿cómo es posible que nadie antes me haya hablado de esta canción y de este grupo?. ¡Joder!, para conseguir un hit solo hace falta que la canción suene de puta madre en la radio del coche. ¡Y estos tíos son indios además...! Joder, menudo negocio te espera Berry, hazlo bien y tuya será la mayor parte del pastel de la "native american rock music".

En el reverso de la cubierta de este "Drive It" aparece el nombre de Tommy Bee, un personaje inicialmente parapetado en la sombra pero que controla a la distancia de un dron no inventado todavía los hilos de la banda. Sus excelentes contactos en el Burque´s Eastside Music Scene y su olfato innato para el negocio coinciden con la idea que Bob Shad tiene de ampliar la paleta de estilos del sello Mainstream. Tomar la delantera en publicar la noticia resaltando el detalle de Lincoln St Exit como la primera banda de nativos americanos que reivindica su etnia y su cultura. Bob Shad y Tommy Bee potenciaron esa diferencia y deciden grabar el "Drive It" en las mejores condiciones posibles. El mismo Bob Shad será el productor (quién mejor que él, también productor de grabaciones míticas de Max Roach, Lightnin´Hopkins o Big Bill Broonzy...). En ese reverso del disco, que recoge un breve texto de Mark Janowsky y del mismo Tommy Bee, recalcan sus antecedentes indígenas y reconocen este hecho como el impulsor del estilo musical que practican. En el anverso del disco, un magnífico dibujo de un tal R.J.W. nos muestra un paisaje con un escenario completamente diferente y, casi sin que nadie lo presienta, pronto aparecerá desde Detroit alguien que comprenderá con mayor agudeza el negocio que se presenta ante sus ojos.

Henry Fonda camina hacia el amplio balcón de su habitación en el rascacielos del Omni Hotel de Los Ángeles y contempla el atasco de tráfico de cada mañana (vayan por favor hacia la primera imagen del post, si..., a la portada del disco...) Después de anudarse la bata de algodón dirige los prismáticos hacia el nudo del Financial District y Chinatown. (Jack Nicholson sigue contando el dinero que ganó gracias al éxito conseguido con la película de Roman Polanski). Una inmensa serpiente de acero y luces se desliza lentamente por las confluencias de la autopista 101 hasta San Fernando. El ..."Cars Hiss By My Window" del "L.A.Woman" de The Doors es ahora la banda del amanecer de un día de septiembre en el que conduzco mi Porsche 914/16 pistacho desde San Bernardino hacia Joshua Tree. Recuerdo a su hijo Peter y a Dennis Hopper estudiar detalladamente en un bungalow de Santa Mónica la logística del "Easy Rider", pero Henry está absorto en otro atasco que refleja demasiado bien su situación personal. Recientemente separado de su entonces compañera Shirlee, harto de las extravagancias de su hijos Jane y Peter, decide coger su cámara y disparar unas cuantas fotos.


[Desde el primer tema del "Drive It", un "Man Machine" (tan bueno que seguramente les liberará de alguna hora extra de trabajo en el Infierno) una fabulosa onda rítmica (dirigida básicamente por la convincente y limpia voz de Mike Martínez y el destacado beat de la batería de Lee Herrera y del bajo de Mac Suazo) se adueña del disco. El espejo musical de Lincoln St. Exit refleja entonces, en 1970,  un insuperable y delicioso emparejamiento con el mejor boogie de Canned Heat, la fortaleza agrícola de Creedence Clearwater Revival, con la guinda además de la elegancia bizarra de Johnny Winter. Su "Dirty Mother Blues" funciona como el oxidado motor de un John Deere. La sensual "Got You Babe" calienta al más puritano amish de Pensilvania y  en "Teacher Teacher", John Fogerty y Alice Cooper hacen maravillas jugando a las cartas. Del "Soulful Drifter" ya sabemos la opinión del capo de Motown, a punto de mudarse desde Detroit hasta la nueva sede de la compañía  en Los Ángeles (Motown abrió su primera oficina en L.A. mucho antes, en 1962). "Time Has Come Gonna Die" se suma dignamente (junto a "Man Machine" y en menor medida "Going Back Home") a  la paleta de temas que tienen a la Guerra del Vietnam como objeto de su crítica. En esta última canción los iniciales apuntes gospel progresan hacia una forma fronteriza de tex-mex y southern rock. "Straight Shootin´Man" muestra la faceta más Blue Cheer de la banda, las potentes líneas de las guitarras de Mike y Gariss quedan perfectamente ensambladas con el resto de los instrumentos. Phantom Child" cierra el disco y anticipa con su aridez melódica el futuro hardcore californiano.]

El primer disparo de Henry Fonda nos muestra la pegatina trasera de un coche (no reconozco la marca ni el modelo) donde se puede leer "Spiro Missed Woodstock", y no me cuesta nada levantarme para sacar de la balda 5B el doble antológico "2400 Fulton Street" de Jefferson Airplane. En su sleeve central un recorte de periódico muestra una de las muchas declaraciones de Spiro Agnew, primer vicepresidente de Richard Nixon, en contra de la exaltación del consumo de drogas por la cultura rock,..."Agnew Hits At Drug Lyrics",  y dándome la razón (una vez más) muevo la ficha un poco más arriba, hacia la derecha, y observo como Henry Fonda y yo coincidimos en un momento preciso con la leyenda "Return Indian Lands To Indians" que aparece en la pegatina de la parte trasera de un Ford F-150 Tornado azul. Un par de años después de la grabación (1970) de este "Drive It" de nuevo aparece en escena el avispado Berry Gordy. Firma bajo su sello Motown  un contrato con una banda que ya ha cambiado su nombre, de Lincoln St. Exit por el de  XIT (acrónimo de Xing Indian Tribes), y vuelve a reforzar el marketing del grupo como los primeros abanderados en la revitalización de la causa indígena americana. La jugada de Berry le permite pagar algunas deudas atrasadas desde la mudanza de Detroit hasta Los Ángeles e invitar a cenar esa noche a su amigo Henry Fonda en el exclusivo Mastro´s Ocean Club de Malibú.




(1) "En el camino", Jack Kerouac
(2) "A sangre fría", Truman Capote.






13 sept. 2016

COP




THE FALL                "THE WONDERFUL AND FRIGHTENING WORLD OF THE FALL"
Ha ocurrido en un día de Agosto, a principios del mes, y he recordado cómo en 1984 cogí un autobús cerca de Earl´s Court Station y cruzando el puente de Putney llegué hasta Brixton. En el cercano parque de Brockwell se celebraba un concierto auspiciado por el Great London Council, un garito municipal laborista que después destruyó Maggie Thatcher.  Unos pocos días antes he estado cerca de Portobello Road y en la tienda de Rough Trade he comprado mi primer disco de The Fall, "Grotesque/After The Gramme" por 4,75 stp. Es el año 2016 y hace algunos pocos meses me he hecho con el "The Wonderful and Frightening World of The Fall". Me gustaría que la espiral que aparece en la cubierta del disco quedara reflejada como nuevo anagrama de los Convalecientes del Olvido Progresivo, una agrupación sin ánimo de lucro cesante y que pretende la recuperación de la memoria histórica más en minúsculas, aquella que nos ayudara en el día a día de los mayores, pero han pasado más de 30 años y las sensaciones son lamentablemente bastante distintas. Me explico, antes, en 1984, las cosas eran algo más sencillas que ahora, aunque visto en perspectiva no llegara a ser tan clara la diferencia. Eso si, seguía habiendo capacidad de estreno y George Orwell estaba en su año mágico.

En Inglaterra solo los mayores se acordaban de la victoria de 1966 pero la nación seguía siendo en 1984 (según León Felipe) la patria de los piratas (nunca dejará de serlo), y Londres todavía mantenía un punto de jardín exhuberante, no del todo absorbida la capital británica por la gentrificación urbanística posterior, estamos ahora en 2016. Quiero pensar que todavía existía una cierta educación literaria entre la juventud inglesa, incluso la roquera y urbanita, aquellos primeros squatters de la época, estamos en 1984, que tomaban su espejo en el Ladbroke Grove cenital, cuna del hippismo y la contra-cultura londinense. ¿Qué pasaba en Manchester en 1984..., y en 2016? Me resulta mucho más sencillo hablar del tiempo pasado porque este en el que vivo, estamos en 2016, es un periodo en el que la incertidumbre ya ha tomado carta de naturaleza, sin que aun se sepa a ciencia cierta si es más conveniente que esto se arregle o se hunda, y me he quedado plantado en la duda. Estamos en 1984, a principios de Agosto, y he dicho que llegaba a Bromwell Park.

Me he acercado sigilosamente a una inmensa pradera con césped que bordea el ala occidental del parque. Un gentío importante ya asiste al concierto que ha empezado algunas horas antes de que yo llegara, ignoro cuantas realmente. De hecho era la participación en el concierto de The Damned la que había servido de gancho inicialmente para atraerme al evento. Me he colocado con la timidez de un extranjero junto al tronco de un árbol y delante mío he contemplado a una nutrida pandilla de jóvenes que estaba sentada sobre la hierba. Repentinamente el mal rollo empezó a tomar posesión del ambiente. Una pareja se daba de hostias en el mismo corro que me antecedía, ella entre sollozos le atizó un buen bofetón primero a él, y él respondió a continuación con un contundente sopapo directo a su mejilla izquierda. Algo más lejos hacia mi derecha, un elemento disfrazado de punk, he imaginado en ese mismo momento que estaba pasado de vueltas, insultaba de viva voz a los asistentes más cercanos, he escuchado un nítido "fuck you!!" repetido varias veces. Un perrito vagabundo se meaba descaradamente en los bajos del pantalón de un vecino mío apoyado también en el tronco del árbol. Él no se ha dado cuenta. He tomado fotos que debo tener guardadas en un lugar sin que mi memoria tenga ahora mismo acceso directo a ellas, recuerdo claramente la de una chica justo frente a mí. Rubia con gafas de sol y un look parecido a Linda "Eastman Kodak" McCartney. Me sonreía mientras hacía con sus dedos un signo que me ha parecido ser el de la victoria de Churchill. 

Sigo estando en 2016 pero ignoro por qué lo he dicho porque a mi lo que me hubiera apetecido era hablar en 1984 de 2016, aunque he reconocido de inmediato que la tontería del mundo sigue siendo la misma en ambos años. Desconocía entonces la futura influencia del grupo de Manchester en mi vida adulta, como lo sigo desconociendo ahora, incluso entonces auguraba al grupo una carrera sin demasiado porvenir en mi colección privada. Después de repetidas escuchas del "Grotesque/After The Gramme" en aquella época me he dado cuenta de la dificultad de su música. De hecho sigo en 1984 escuchando a The Fall por primera vez, y también asistiendo ese Agosto sin saberlo en Brockwell Park al único concierto del grupo mancuniano al que he acudido, pero estoy convencido que eran The Damned a los únicos a los que quería realmente ver. Pero estamos en 2016 y recopilando información sobre la banda inglesa he topado con un cartel en el que aparecen The Fall en el mismo festival de la GLC, y yo me he dado cuenta ahora en 2016 que en 1984 lo ignoraba totalmente. He leído que durante su actuación recibieron sobre el escenario cientos de botes de cerveza lanzados por los espectadores, la concurrencia ansiaba ya la llegada de The Dammed y prefería, me he enterado por la prensa especializada, la actuación anterior de unos New Model Army que hablaban en sus canciones de bastardos que giraban como derviches sobre una sola pierna.

Estamos en 2016 y he pasado un verano de calor africano en Madrid, pero he estado expuesto al sol durante muchas horas y ahora me he mirado al espejo y parezco más árabe. Desde inicios de Agosto he intentado escribir algo sobre este disco de The Fall publicado en Octubre de ese año, una de sus mejores grabaciones, y he encontrado hace unos días una fotografía de 1984 en la que aparezco con mi hijo a la misma puerta de la tienda Rough Trade cerca de Portobello Road. Me ha parecido que disfrutábamos de muy buen tiempo, estábamos ambos en manga de camisa y mi mujer ha hecho la foto, yo casi nunca salgo en ellas y he recordado por mi imagen de entonces que era feliz. Estoy sosteniendo en mi mano izquierda la bolsa que contenía el disco de The Fall en 1984 y, súbitamente (y de qué manera más extraordinaria) he admirado el juego de la memoria ahora en 2016 cuando he recordado que dentro del disco había un panfletillo musical del sello discográfico Rough Trade de entonces, todo cicloestil en blanco y negro, que daba noticias de la banda y ya lo he perdido, o lo he guardado en algún sitio de imposible paradero actualmente en 2016.

No, no he asistido al concierto de The Fall en 1984 a pesar de que he estado allí, porque he aguantado en el parque apenas 40, 45 minutos, y después de que he sido testigo de tan mal ambiente me he ido de vuelta a casa, a Kenway Road, cerca de Earl´s Court Station, uno de los epicentros de la siempre juerguista comunidad aussie en la capital británica. No he tomado ni una cerveza durante toda la tarde. He ratificado mi parecer en 2016 que quizás fuera mejor así ya que la propietaria del piso en el que me alojaba era la típica dama inglesa post-victoriana, y a pesar de ello liberal, que adivinaba el cervecero aliento ajeno  a más de una yarda de distancia, y ha puesto cara mohína en mi imaginación de ahora. 

He hablado de The Fall desde el recuerdo de 1984 y me gustaría que hubiera sido aun mejor, si cuando menos quedara su cacofónico eco en el concierto de un Bromwell Park que descubrí entonces por primera vez. Estaba cerca de Dulwich y he estado recorriendo ese barrio tan campestre, tan inglés y tan civilizado con mi familia antes de entrar en casa de los Davis (1) para gozar de la comida y una inusual tertulia de sol veraniego en el jardín trasero de su mansión que tenía una gran biblioteca gris repleta de antiguos libros de pintura y pintores españoles. He estado pensando en aquel Londres de Bromwell Park, Dulwich, Earls Court, Candem Town (me he introducido sin permiso en un sótano donde una banda ensayaba alejada de la barbarie del  turismo), mi querido jardín japonés de Holland Park y Talbot Street (una de las tiendas de la Rough Trade) de 1984, 10 años exactos después de mi primer viaje a la sede imperial del Rules Britannia, y The Fall aparecen como protagonistas en este 2016, un año que sumando 9 coincide sin sorpresa con el mismo número de canciones que contiene el "The Wonderfull And Frightening World Of The Fall".

Durante estas últimas semanas he entrenado a mi ardilla cerebral para descerrajar todo lo que me pudiera impedir el acceso a The Fall. He sabido de la razón de su nombre después de leer a Albert Camus en su obra "Le Chute", los miembros iniciales del grupo daban a la literatura y a las drogas un gran protagonismo en su vida adolescente. He sabido de la existencia de John Anderton como Lord Chief Constabulary del Great Manchester de la época en la que nace The Fall en 1976. John Anderton ha sido el último cowboy policial (y el primer predicador televisivo) del Merseyside inglés en el pasado siglo y con Maggie Thatcher dieron razones más que suficientes para que el posicionamiento político de una parte de los jóvenes músicos ingleses se alineara con el Socialist Workers Party, tal fue el caso de Mark Edward Smith, fundador también mancuniano y verdadera alma mater del grupo. He sabido de los Moss Riots de Manchester en 1981 y he profundizado más en el conocimiento de la lucha que los mineros ingleses mantuvieron durante buena parte de la década de los 80. Para nada me ha extrañado ver cómo Robert Wyatt y algunos miembros de Henry Cow apoyaban en numerosas actuaciones y conciertos la lucha de los mineros, algunos de sus abuelos acompañaron en la Guerra Civil española a George Orwell.

He leído con atención en 2016 las declaraciones de Mark E Smith en el Mojo October Special Collectors´ Cover sobre su pretendida fama de tirano, borracho, acosador y otras lindezas de carácter canalla a él atribuidas. En septiembre de 2016 (32 años después [no olviden, estamos en 1984] su aura de tipo poco recomendable sigue pasándole factura) he comprendido sus razones de aguerrido entrenador de equipo de fútbol local. Cambio de alineaciones en el grupo (más de 50 desde su fundación), reforzamiento de la línea medular del combinado, el único jugador que tiene asegurada la renovación es el propio Mark y tu abuelita, como estrategia instituir un mal ambiente dentro del grupo para potenciar la competitividad y olvidar los laureles de una Premier League imposible para una banda siempre calificada como el parangón de lo anti-comercial. En este "The Wonderful And Frightening World Of The Fall" la formación incluye a su segunda esposa la americana Brix Smith, un explosivo combinado de glamour, diseño femenino y trigo apalachiano, Steve Hanley al bajo, el verdadero motor del sonido falliano, la doble percusión (algo que distingue muy positivamente a la banda) de Karl Burns y Paul Hanley, y la guitarra de Craig Scanlon. He deducido en 2016, en una tarde sin TV pero con güisqui y canela, que esta formación no es solamente la clásica, también es la mejor en la remota historia de la banda.

Creo estar seguro cómo en estos últimos días me ha parecido encomendarme a los augures de Shylock y Calibán (2), antiguos nigromantes gemelos de Anderton & Thatcher, para que el torbellino de la cubierta del disco de The Fall me envolviera en su redentor ciclón. Su "Lay, lay, lay..." párrafo inicial en "Lay Of The Land" ha funcionado explícitamente como un mantra, y me ha permitido adentrarme además en la comprensión de las razones ocultas que algunos ciudadanos comprometidos observaban sobre el desplome industrial, social y cultural de la ciudad de Manchester. "Hit a quick coach, take the town in Surrey / There´s no one here but crooks and death / Kerb-crawlers, of the worst order.../" Shaun Ryder de The Happy Mondays, también mancuiniano como Mark E Smith, dedicaba al superpolicía Anderton su "God´s Cop" en el recordado "Pills N Thrills AND Bellyaches" seis años después..."Hand me out fish, did some big tease / Oh Man did you fuck it / Baby Brother I took it..."

A la sombra de las primeras felices nubes grises de septiembre en 2016, advirtiendo que en el Londres de Cheyne Walk en el que he vivido en 1984 (he dejado a la izquierda el Battersea Power Station de Pink Floyd) también tuve tiempo en esa tarde de Agosto de Bromwell Park para pasear entre las hermosas líneas de las canciones de su anterior album "Grotesque / After The Gramme", y hoy, en 2016,  he sabido que no hay album de The Fall que no preexista al anterior, todos son como una lluvia repentina tan inglesa que hacen del te y las tostadas alimento espiritual pero incompleto..." Can´t get far in land of immovable frogs / Can´t get far in home of horrible hoax / And you don´t last long on a diet of tea and toast", ("Copped It"). También he escuchado hoy con atención las sirenas rasgadas de la guitarra de Brix en "SLANG King", quizás el tema más poderoso del album, ..."Whip wire / Whip wire / Hawk man / Slip down easy" y entonces en 1984 no tuve la opción de comprender el hermosísimo y terrible balance del verso, tampoco el eco terminal en que se convierte el "Swoop swoop" de la misma canción. 

¿Qué me dicen que haya pasado por mi imaginación en este año que termina en 9 (reconocido signo que premia el genio artístico y humanístico) que una canción tan sutilmente titulada como "2 x 4" extienda entre sus líneas tan perspicaces pullas contra el british stablishment?..."Ol´Nick [¿por qué no Lord Nicholas Windsor, primo de la reina Isabel II?] doesn´t go from digs to digs no more / Hit him on the head with a 2 by 4 / Nowadays he has a Georgian glazed porch". O la reivindicativa frase "...When will the good Scotch return...?" de su tema "Elves" (he pensado por un instante que esas letras mayúsculas podían referirse a Nessie, el monstruo del Lago, pero  me he dado cuenta al poco de la imposibilidad de mi tesis...) cuando he continuado leyendo "... / In all its scarred splendor / When will the price of Scotch come down", ¿acaso al escucharla no he sentido una necesidad inmensa de beber y olvidarme de la podrida realidad circulante?....


Nunca he pensado que en 2016 podría abrumar a alguien al hablarle de algo que casi siempre ha permanecido oculto en mi cortex cerebral, el más conspicuo modelo del muro de los hombres-nada. El "Bug Day", el mal bicho que ha asolado mi alma desde antes de 1984 (previamente he constatado que era "por mi culpa, por mi grandísima culpa"...). Su "...Facing up to the sea is a very hard thing" [lo manifiesta un mancuniano alejado de las costas inglesas, también lo ratifica trágicamente un castellano], continuamos..." / Anything is better than a bug day..." se ha enseñoreado de mi persona hasta este 2016, cuando los hálitos de la prohibida especie herbácea siguen acuchillando sin misericordia mis aun jóvenes arterias. ¿Y qué decirles de lo que ahora he deducido al escuchar una frase tan brillante como esta?..."It was no more a net of mesh / It was class / He did not blink a lid / He braced his self-imposed gorgeus adult net / And breeze /". ¿Es necesario parodiar ahora a Eton, al Trinity College de Cambridge, al Colegio del Pilar, a la Universidad de Deusto, a la Pontificia de Comillas?, Mark E Smith en "Stephen Song" lo hace.

No he comprendido en 1984 que la causticidad lírica de un Mark E Smith, hijo de un fontanero y obligado prófugo de la escuela desde los 19 años, gran lector como sus compañeros en la primera formación de The Fall, podría llegar a emocionarme. Sus querencias literarias hacia Arthur Machen y Thomas Pynchon por ejemplo (he vuelto la vista atrás, a aquellos años en los que la lectura del "Vinum Sabbati" y del "V" procuraban en mi piel un extraño sarpullido de serpientes y miel) han hecho que desempolvara algunos libros empapados ya de olvido. El maravilloso cuento de "La sombra sobre Innsmouth" de H. P. Lovecraft, el "Under The Greenwood Tree" de Thomas Hardy [con una portada que pueden reivindicar los mismos Fleet Foxes], con su mágica música de olde english, y el mejor Edgar Allan Poe en su "La narración de Arthur Gordon Pym" han traído a mi memoria felices momentos de paz azul, el color elegido de un Rubén Darío que compartía desde su tumba en 1984 la bohemia alcohólica con Mark E Smith. He sentido nostalgia de aquellos tiempos.

Ninguna añoranza de aquel vecino cuya imagen he ensoñado ahora bajo el telón sedoso de un harén árabe, ..."Neighbour downstairs with one eye / Co-habs with a mass of blonde curls / Ooo-ar / T´pau / (Mind moving fast is mad / Mind moving slow is sane)", ("Craigness"). Tampoco en 1984 me hubiera sido demasiado complicado rememorar a mi viejo amigo Yago (el que primero cayó del caballo), cuando le echaba a "Disney la culpa de todo", ..."And everything stopped / The nurses climbed up / Our face paled / And there was no doubt at all / No two ways about it / Was the Disney´s dream debased". ("Disney´s Dream Debased").

Me ha dado cuenta que he pasado por todo sin apenas tener consciencia del peligro, lo sigo haciendo en 1984.


(1) David Davis es uno de los más prestigiosos hispanistas ingleses, especialista en El Greco y gran amigo de la familia inglesa mi mujer.
(2) Atribulados personajes de "El mercader de Venecia" y "La tormenta" de William Shakespeare.







25 ago. 2016

LECTURAS DE VERANO II





JUAN MARSÉ                             "ESA PUTA TAN DISTINGUIDA"
Tenía pensado escribir sobre un libro, literatura en definitiva, aparentemente labor tan sencilla, un arte el de la crítica literaria de los que muy pocos alcanzan previo conocimiento o aprovechan experiencia, si otro cantar fuera porque la cosa se tuerce.., [y es que Keith Moon acaba de desprender la bola del mundo con su solo de batería en "The Rock" ("Quadrophenia", Track Records, 1973) mientras Roger Daltrey aúlla un "Love Reign O´er Me" que sabe a todo lo bueno que queda por venir del verano del 16, y así ya me dirán ustedes quien es el valiente que se pueda centrar]. El cumpleaños de un amigo me sirve de lanzadera para una segunda salida andante del blog en este terrorífico mes de Agosto, mal le haya allá donde hubo incendio, peor en Galicia, no tanto afortunadamente en Cantabria y Asturias por donde este aficionado anduvo semanas atrás. [Intento desempolvar un disco en el que voy pensando los últimos días, "Songs Of Love And Hate" de Leonard Cohen y no puedo, no me dejo, hay algo que me lo impide, una ausencia inhóspita en el estómago, falta de riego medular y presencia de piedras negras. Quiero en este momento dedicar el "Come Get To This", (Marvin Gaye. "Let´s Get It On", Tamla, 1973) a todas las mujeres con las que he cruzado en mi vida algún pensamiento lascivo] No, como ven no hay manera de enfocar la atención hacia lo que originariamente querría expresar a ustedes.


Juan Marsé es un tipo de Barcelona que archiva en su memoria gran parte de la historia reciente de la ciudad y que además escribe en castellano, y también por eso arrostra un merecido reconocimiento al otro lado del río Ebro. Para situarnos, una Barcelona durante los últimos años de la década de los 40, aquella urbe subyugada tan ignominiosamente durante la postguerra y que daba pena verla, con lo que fue. Una Barcelona de incipientes nois callejeros, adictos a las aceras de los cines de sesión contínua ya en los primeros años 50, ávidos observadores ellos de unas carteleras que eran el único asomo a un mundo tan distinto al suyo, alejados de una realidad mezquina y grisácea, aunque las sardanas, menos mal, se siguieran bailando en la Plaza de Cataluña..Además de las calles y de las aceras, también las terrazas de la ciudad como protagonistas de la novela. Muchas de las escenas de la novela-película (trampantojo, así la define el autor) se desarrollan en la terraza del domicilio del escritor-guionista. Retrata entonces (con la brevedad de apenas 235 páginas) una ciudad a fuerza descorchada por la derrota pero tampoco plenamente rendida, da la impresión que aún queda un asomo de dignidad en su propia geografía urbana, en sus calles, en sus barrios y en sus meublés (Taller de Arte y Confección Madame Petit, maravillosa representación de la lucha por la vida elevada a la supervivencia erótica), en sus esquinas mojadas y en sus habitantes en definitiva.

Siguiendo un antiguo sortilegio, convencido que alguna pista me dará sobre la novela, abro el libro por la página 69 al momento de comprarlo y leo:  ..."-Es que allí estaba Encarnita, una puta ciega que vivía en mi calle...-¿Ha dicho ciega?". Al cabo del poco tiempo, cuando recién ya había terminado de leerla, descubrí que en ese brevísimo diálogo se encontraba la verdadera esencia de la novela, aunque para mi mayor encomio de lector avezado (no me duelen prendas al reconocerlo) ya lo venía venir, templado, como estaba, por los soplos de las tardes norteñas. Ni tan siquiera las ensoñaciones montañesas de un Jose Mª Pereda (al que debía homenaje por mi estancia santanderina) ni de Don Miguel de Cervantes (del que seguía disfrutando en mi tercera lectura del "Quijote"), me confundieron sobre una trama de la que cualquier lector atento desconfiaría. No señor Marsé, "leoncitos a mí, no" (1), su protagonista no podía hacerme creer que escribía un guión cinematográfico mientras que usted, el verdadero autor-personaje del lenguaje del libro, se desvivía por escribir una auténtica novela. Ya nos lo advirtió en una de sus páginas, "no es lo mismo ser un excelente escritor que un buen novelista".

El nivel pretendidamente bajo de guión cinematográfico que intenta adueñarse del texto, a salvo la inteligente y lograda balanza que la voz de Felisa otorga a la estructura narrativa, el ama y cocinera del piso que comparte durante el verano con el autor, la esposa con los niños fuera de vacaciones (en la Costa Brava seguramente, imposible de todas todas en algún pueblo del Alto Aragón acompañando a otro barcelonés ilustre) (2), los güisquis y las entrevistas con el asesino confeso (el guión va sobre un crimen) pueden quedar bien como pegamento de la novela. No. Sea en definitiva que un escritor que no parece inicialmente muy convencido de aceptar el encargo que recibe (escribir treinta y cinco años después de ocurrido el guión de una película sin poder elegir libremente el modus operandi)  finalmente entre en el juego.." 13).- "Si, por dinero", pero si aceptamos entonces esta minusvaloración narrativa ¿dónde queda aquél escalofrío medular del que Nabokov hablaba?..., ¿dónde el testimonio final, dónde Dickens

Este "13).- Si, por dinero" viene ahora a colación porque forma parte de las cuarenta y ocho respuestas que recoge una encuesta inicial contenida en las primeras seis páginas de la novela, verdadera guía de la personalidad del autor y del secreto de la misma, también valiente prólogo estilístico. El texto restante es pura ingeniería de novelista, aquel oficiante que de un pretendido esqueleto de cartón piedra (el propio guión de encargo), del que no se libran la simplicidad discursiva de los sucesivos interrogatorios con el asesino, tampoco las dudas del autor en las estrategias a seguir a la hora de escribir el texto (el irónico final aceptando la manipulación de la capital del Reino, una derrota más) crea una obra que mezcla un atrevido, por poco usual, andamiaje donde lo fílmico se da la mano con lo intrínsicamente literario. La imagen de la escena final recurre fácilmente a la despedida de "Casablanca".

No leo a Marsé desde unos lejanísimos días universitarios en los que en mis manos cayó su novela "Si Te Dicen Que Caí" (editada en México en 1973 al estar entonces prohibida por la censura franquista). A pesar de lo poquísimo leído del autor catalán le considero una de las grandes figuras de la literatura en castellano actual. Hay en la novela multitud de palabras sueltas, frases y acepciones literarias (y alguna licencia poética...) de un exquisito gusto, y que denotan una riqueza y manejo de vocabulario que en pocos escritores españoles he encontrado...(ya me perdonarán el atrevimiento, pero desde Eduardo Mendoza, Luis Martín-Santos, Ignacio Aldecoa, Rafael Schez. Ferlosio o Juan Benet no voy al paso que marca la literatura nacional, salvo la Almudena Grandes de ahora mismo, y esto últimamente como amor de pensionista). Y he de admitir que no es solamente el oficio lo que admiro en el Marsé escritor, percibo también en su método una querencia por la aventura estilística, por la puja contra lo clásico, desechando la concepción convencional de la trama y la tipología más manida de los personajes. Se escucha nítida en "En esa puta tan distinguida" el teclear de la máquina de escribir (estamos en el año 1982, cuando todavía los ordenadores no habían asomado por la puerta), el olor de tabaco y el soplar del güisqui en cantidades apropiadas, los diálogos acertados de tan sencillos, expresiones de la calle, la química de los celuloides, los informes policiales que huelen a Falange Española, pitos y broncas en el patio de butacas, silencios, miradas y gestos faciales, incluso una ausencia de acción muy bien llevada entre capítulo y capítulo.

No dejen de leer esta novela si tienen oportunidad de hacerlo. La edición de Lumen es cuidada a pesar de la mejorable calidad del papel. Terminé de leerla en Santander el pasado día 12 mientras observaba entre línea y línea a mi mujer durmiendo la siesta. Al lado de su cama un espejo reflejaba mi figura desde una lejanía que me parecía simpática. Flotaba en el cuarto una luz espectral, aquella que solo aparece a la mitad de las tardes en Agosto. Pensaba hacer una mera referencia a esta última novela de Juan Marsé en una entrada que la incluyera con otras tantas obras leídas en lo que va de verano (las más queridas del año literario, las que más perduran en la memoria). No la haría justicia si así lo hiciera. La paz que expresaba la cara dormida de mi esposa- niña bien se merecía este intento.


(1) "Don Quijote de la Mancha", 2ª parte, cap XVII.
(2) Joan Manuel Serrat





10 ago. 2016

DON QUIJOTE EN DETROIT



SRC                                 "SRC"
Tengo a los cuatro miembros de Television instalados desde hace algún tiempo en el salva pantallas de mi ordenador, mirándome de forma acusadora, me atrevería a decir, desde una calle del Village neoyorquino, como si increparan la falta de acción en este blog de mis penares. La pose urbana y medio relajada de la banda, enfrentándose desde una sucia esquina cualquiera a un observador que no deja de estar enamorado por su imagen en blanco y negro, es de tal quietud que pareciera sinónimo de la inmovilidad propia del autor, aquella que atenaza supuestamente su mente creativa. Y parece suceder que en estas últimas semanas de julio y primeras de agosto gran parte de la pereza del escritor se haya concentrado entre sus extremidades superiores, aunque para no acrecentar más su mayor escarnio debo decir que su actividad lectora, de intensa y fructífera escucha musical e incluso, ¡quién lo iba a decir de una persona de secano!, las largas jornadas pasadas junto al césped de la piscina han ocupado una buena parte de su actividad diurna. No todo han sido siestas ni ver las Olimpiadas por televisión, de hecho, y así de paso elevo honradamente la calidad de ocio del autor, ningún trato ha habido a deshora con Morfeo, ni los anillos olímpicos han llamado tampoco en mínima medida la atención del dueño de la casa.

El caso es que hacia finales de Junio, cuando iluso programé las actividades del blog para el mes de Julio, planeé en la segunda semana de dicho mes una entrada dedicada al grupo SRC, una banda del área de Ann Arbor y, por lo tanto, devota del sonido y ambiente del mejor Detroit de los últimos años 60. Debo decir para mi descargo, y espero que ello sirva de ejemplo a la juventud que con tanta pasión sigue mis entradas, que la dejadez en la publicación del texto no se vio mermada por la falta de escucha continuada de su primer albúm homónimo, todo lo contrario, sus surcos han recorrido la aguja del plato un día y otro también desde aquellas fechas y, como consecuencia de ello, una especie de ansiosa necesidad de hacer públicas mis impresiones se iba apoderando de mí sin solución posible. Las jornadas iban pasando y el autor, algo avergonzado por el retraso, buscaba en algunos momentos un hilo argumental que diera pie a una entrada digna de la casa, ya saben, de esas incoherentes de las que me voy sirviendo últimamente.

Y la idea surgió mientras leía la última novela de Juan Marsé, "Esa Puta Tan Distinguida" (Edit. Lumen, Barcelona, 2016). En una de sus citas al comienzo de la obra aparece una frase de mi querido amigo G.K. Chesterton: que dice así: "Hemos descubierto la verdad, y la verdad no tiene sentido" ("El candor del padre Brown"), y sigue otra joyita encontrada casi por azar en la página 140: "...estás preparando al lector para algo que no le vas a dar, me dije, cuando te gustaría prepararle para darle algo que no espera..., aunque tú mismo ignoras qué podría ser"


¿A quién le importa por lo tanto la historia de SRC, acrónimo de la Scott Richard Case"? ¿Hay alguien por ahí interesado en los antecedentes musicales de los miembros de la banda?. Y si ligo estas preguntas con algo tan querido en esta casa como el sonido blanco del Detroit de 1967, ¿conseguiría el autor que algún aficionado a la música dejara de fruncir el ceño y siguiera leyendo la entrada? Y como dicen los abogados en las vistas orales de los juicios, ¿no es más cierto que el posible lector de blogs, imputado por  la comprensiva indolencia veraniega de estos días, haya buscado más la visión y el recreo de una tetas bruñidas al sol, fuera de un texto que le obligue en cierta manera a recorrer líneas y palabras que al final van a quedar vacías de contenido? ¿Y si les dijera que hasta The Rolling Stones, cuando se dejaban caer por el Grande Ballroom de Detroit en alguna de sus memorables giras americanas de la época, recalaban en el estudio casero de los hermanos Quackenbush, ambos miembros y alma mater de SRC, para probar, en interminables jams nocturnas, el mejor equipo de sonido disponible en todo el estado de Michigan?

Bueno, sea el caso por lo menos advertirles que SRC son conocidos como The Royalty of the Detroit Psychedelia, hasta algunos más entendidos les han llegado a calificar como la única y original banda mod de la american motor city. La mezcla del mejor r&b de The Yardbirds, Procol Harum, The Pretty Things y otras luminarias de la british invasion en la mitad de la década sesentera, junto al sonido fuerte y aristado de la mejor tradición de Detroit, hacen de SRC una banda única en una escena tan característica como la mencionada. He visto arder los colores en las ramas de los árboles durante el inicio de la mañana, sus movimientos ondulantes despertaban un cielo aprisionado en un color tan azul. Los textos de las canciones de SRC discurren por estos vericuetos psicodélicos. "Captura la montaña y embalsa el mar, llena en una jaula el viento que fluye libremente" ("Onesimpletask"). "Los carruajes del cielo se han mostrado como un arcoiris de fuego entorchado" ("Paragon Council". 

Las guitarras de Gary Quackenbush (un instrumentista innovador y de grandísimo talento) y de Steve Lyman, los teclados de Glenn Quackenbush, la batería de E. G. Clawson, el bajo de Robin Dale y la voz y convincente presencia de Scott Richardson, crean un sonido envolvente, ideal para exponer sus mensajes psicodélicos, armados con una instrumentación cuya estructura rítmica recuerda mucho a los grupos ingleses anteriormente mencionados. La suerte de ser parte importante de una escena irrepetible como la de Detroit de 1967, el mismo escenario también de los históricos disturbios raciales de aquel año memorable, y la novedad de su propuesta, frente a unos The Stooges, MC5, The Rationals o el Mitch Ryder & The Detroit Wheels, hace que su base de seguidores crezca y se extienda a lo largo de todo el estado. No ocurre así, lamentablemente, cuando pretenden darse a conocer en el área de San Francisco. Aunque su lírica podría encajar en el ideario hippie de la época su propuesta musical no lo hace. Las tribus de la California de entonces seguían encerradas en su aprisco pastoril, la oferta de SRC era más mundana sin ser convencional. Ofrecían los primeros signos de descomposición del sueño, la imagen de la ciudad paulatinamente arruinada frente a los gurus lectores de Alan Watts, colgados aun en su mal viaje de Cielo Drive.

Suenan una y otra vez "Black Sheep" (auténtico himno psicodélico de los Grandes Lagos), "Daystar", "Exile", "Marionette", "Onesimpletask", "Paragon Council", "Refugeve" e "Interval" en un Thorens TD 105 Mk II (si, también hay line-ups en los platos), la grabación original de este primer album de SRC editado por Capitol Records en 1968. Me sirvo una Judas Blond Bier Van Hoge Gisting, con sus preceptivos 8,5º alcohólicos, y el tiempo se detiene como una pajarita de papel de Unamuno. Las sombras a esta hora de la tarde se cuelan entre todas las habitaciones de la casa, las ventanas todas abiertas, y corre un aire bueno que anuncia caricias, visiones de terrazas vecinas donde las mujeres apalachianas cuelgan sus trajes de baño, el jardín desprende un vapor de paja quemada por unos rayos de sol que han desaparecido hace tan solo unos minutos. Son esos momentos en que el autor está dispuesto a llegar al disparate, maldiciendo el tiempo y el país en el que entonces le tocó vivir, tan solo algo peor que el de ahora.

No deja de tener también su interés para la rata de taberna, porque curiosamente es en ese entorno donde vengo recordando últimamente las escuchas de mis discos preferidos. Aquel roedor que, no es sorpresa que sea paralelo en lo de mamón al carácter del que suscribe este antojadizo discurso, rememora entre vino y vino los discos oídos durante la misma jornada (desde que canturrea la primera canción que le viene a la cabeza, cuando hace la primera micción ya muy de madrugada...) o, ya rebobinando en un increíble looping, los que ha saboreado durante la semana en curso. Y no paro de relamer mis canosos bigotes cuando, uno tras otro, vienen a mi memoria los tirabuzones de Gary en la guitarra, el Hammond de su hermano Glenn, creando un pesebre aromatizado con el cáñamo más potente, la base rítmica de Clawson & Dale sumergiéndome en un delicioso Motown blanco de autopista.  Los camareros, ya amigos porque conocen las debilidades y vicios del autor, llaman mi atención al verme cabecear ferozmente. Una niña con cara de avestruz se ríe sin piedad de mí.

SRC, una banda que después de su hoy comentado primer disco publicó, antes de romperse a tan temprana edad de 1973, otras dos grandes obras, "Milestones" y "Traveler´s Tale". Su estilo, gallardía e imagen (compraban su ropa en las mejores tiendas de Nueva York, ciudad que emulaba entonces al más celebrado Londres de Carnaby Street) ya les vale para que este autor enloquecido les otorgue el título figurado de Mejor Banda de Caballería Andante de América en 1967. No fue su destino el de desfacer entuertos encomendándose, de paso, a la más bella doncella del lugar. Existen, en este aspecto, pruebas fehacientes que acreditan el rodillo cipotil por el que pasaron multitud de groupies durante la corta vida del grupo, tan poco fieles fueron a sus musas. Su viaje fue un extravagante experimento en la ciudad más salvajemente rock de la America de entonces. Pocos años más tarde llegó Elvis y se hizo la foto con Nixon en el despacho oval de la Casa Blanca, y ya nada volvió a ser lo mismo.




28 jul. 2016

LECTURAS DE VERANO I




ALMUDENA GRANDES               "LAS TRES BODAS DE MANOLITA"
Se me ocurrió pensar repentinamente, mientras fregaba una cacerola en la cocina, en aquellas otras labores estrictamente manuales en las que consta que algunos escritores se dedicaban a ellas, además de las propias de su oficio, la escritura. Mientras mis manos sujetaban la cazuela, y deslizaban la esponja empapada en jabón por sus contornos, meditaba por ejemplo sobre las actividades contables de un Miguel de Cervantes, su única mano viva repasando expedientes de decomisos reales y cuentas de pagos, el dibujo técnico de un Juan Benet como Ingeniero de Caminos subrayando en una cuaderna el arco posible de un puente levadizo, las manos en el pincel del poeta Rafael Alberti, en el callado y la honda también las manos del poeta y pastor Miguel Hernández, en las riendas de su caballo, sujetando con su mirada el horizonte infinito de su cortijo, las de Fernando Villalón. Y de tal modo compungido (ante la altura de los personajes comparados) contemplé las mías, sin gracia ninguna restregando un cazo de acero inoxidable, que así sin mayor dilación decidí ponerlas a trabajar en un texto literario que dignificara su oprobio, mejorando si fuera posible la labor y destreza que a ellas tengo de buen natural destinadas.

Se preguntarán algunos lectores interesados la razón de esta introducción sobre la última novela que Almudena Grandes ha dedicado a su serie de los Episodios de una Guerra Interminable, "Las tres bodas de Manolita". Extraña introducción al comentario personal de una novela que, ateniéndose a los cánones más al uso, debería limitarse a citar los datos más relevantes que sirvieran para guiar al posible lector en el tiempo, lugar  y momento de la obra, porque no también dedicarlo a mencionar la cronología que atesorara ya la autora con este su último trabajo en unos Episodios que, de momento, están dando buen resultado de crítica (e imagino también de ventas razonables). Pero no, no fue así. Capricho de una inspiración que es de natural tornadiza, la primera idea que rondó la cabeza de este escriba impostor fueron las manos de Almudena Grandes, y lo que es más curioso, lo que de ellas hicieran tanto la escritora como las protagonistas femeninas de las obras de estos sus antedichos Episodios de una Guerra Interminable.

Desde el principio me quedó claro que la actividad paralela que Inés, la protagonista de la primera obra de los Episodios, "Inés y la alegría", realiza con sus manos es la dedicación a la cocina y la pastelería. El libro está lleno de detalles y referencias a su quehacer gastronómico, labor que sirve al personaje para compensar no pocos momentos de dudas y zozobras. En la segunda novela de la serie, "El lector de Julio Verne", a pesar de ser Nino el principal actor masculino de la obra, son las mujeres de los pueblos y cortijos de la serranía sureña de Jaén las que sostienen la estructura de la narración. Sus trabajos domésticos, tantas veces al borde de la penuria y la resignación, son los que hacen que sus manos y brazos apuntalen la verdadera y más eficaz resistencia, labores que encarnan, como ningunas otras lo pudieran hacer, la propia fortaleza de los vencidos supervivientes. ¿Y qué es lo que le ocurren a las manos de Manolita, la heroína de nuestra entrada de hoy, se preguntarán ustedes? A las suyas nada que no tuviera remedio, a las de su hermana Isabel, intérprete paralela en aquellas secuencias de mayor imageniería visual del libro, les ocurre lamentablemente lo peor.

Isabel Perales, en la ficción hermana de Manolita, es en la realidad una joven adolescente represaliada durante la postguerra y que tuvo a bien relatar a Almudena Grandes la historia de su paso por el colegio bilbaino de los Ángeles Custodios de Zabalbide. Allí se convierte, como muchas otras hijas de republicanos y vencidos encarcelados, en una esclava doméstica a la que obligan a trabajar, sin sueldo siquiera miserable (tampoco sin la mínima educación primaria), lavando con sosa caústica los manteles del Hotel Excelsior y del Teatro Arriaga de la capital vizcaina (primeros años de la década de los 40). Su prolongada actividad en la lavandería del citado colegio, que tiene como loable misión la de redimir con el trabajo de las menores las penas de sus familiares presos, causa en las manos de Isabel secuelas y quemaduras de tal gravedad que obligan a las monjas que dirigen el centro religioso a darla de baja, temporalmente eso sí, en tanto que observen que cualquier leve mejoría pueda servir de razón para volver a las industrias mencionadas. Me imagino, también, que las manos ya deformes de por vida de la Isabel lavandera sirven de nexo de unión con aquellas otras cocineras de Inés en "Inés y la alegría" y con las de aquella Filomena de "El lector de Julio Verne" que recogían a escondidas la pleita y la recova para fabricar el esparto.

Las mujeres y sus actividades manuales conforman de este modo imprevisto el tronco viral por el que discurren los meandros de las tres novelas que componen estos primeros Episodios de una Guerra Interminable. Y la autora Almudena Grandes se sirve de la mera descripción de esas sus labores para sostener en numerosas ocasiones la narración de las tres obras. En el tiempo en que transcurre la acción de ésta "Las tres bodas de Manolita", dilatado desde los prolegómenos de la Guerra Civil española hasta la primera Transición de 1977, las ocupaciones tanto de la protagonista principal como las de una buena cantidad de los personajes femeninos que concurren al coro global de participantes no dejan de ser, por tan obvias, gratificantes. Las colas de las mujeres que en la entrada de la cárcel de Porlier esperan verse con sus familiares presos, las de aquellas que luchan día a día por medio llenar improbablemente una cesta de la compra, las que visitan a las compañeras recientemente viudas después de una nueva saca de fusilados, las que cuidan hasta la desesperación de una familia diezmada, aun solo hermanas mayores pero ya tan pronto madres obligadas, las que aceptan el matrimonio con un recluso previo pago al capellán corrupto de la cárcel, aunque sea fingido, como el de Manolita. A todas ellas homenajea Almudena Grandes en esta novela de mujeres bravas, bizarras, muchas de ellas ejemplo de la mejor resistencia civil en los años más crueles de la postguerra.

Es en esta última novela  de Almudena Grandes donde las raíces galdosianas de sus Episodios Nacionales se (re)encuentran de forma más patente. Hay aquí un Madrid abigarrado de barrios donde pululan gentes dedicadas al comercio al por menor, impresores, modistillas y damas de pupilaje cuanto menos sospechoso. Oficinistas y recaderos, chuletas de esquina, funcionarios, nobles venidos a menos y otros encumbrados en un tiempo de preguerra inmediata, donde los actos de romanticismo revolucionario solo cabían en los salones de algunos aristócratas saciados ya de su propio declive. Se mencionan en muchos pasajes los nombres de las calles de Madrid, la denominación de los comercios, de los tablados y los teatros, los apodos de los miembros de las cuadrillas de chavales que buscan su lugar en una ciudad que muy pronto se va a convertir en objetivo militar de los sublevados, en honorable trinchera para sus defensores.

Unos espacios urbanos que cambian ineludiblemente desde los inicios del conflicto civil hasta la época de la más próxima postguerra. Una ciudad aun palpitante en el comienzo de su resistencia, después masacrada y obligada a humillarse por la propia bota de los militares y falangistas que la ocupan, bendecida por un hálito de hipócrita y vengativa misericordia católica en todo momento. Urbe productiva y celosa de sus mejores escondites durante la guerra, humildemente mísera en las gentes que aguantan como pueden los malos tiempos. Plena de delatores y cuentas pendientes, de nuevos funcionarios victoriosos que crean de la escasez popular nuevas vías de negocio y beneficio personal y perdurable, los menos proclives a la mala conciencia se limitan a construir una nueva estructura del estado donde toda otra visión del mundo y de la vida queda irremediablemente proscrita. El espacio urbano se extiende geográficamente no mucho más lejos de la ciudad y observa con detalle las condiciones de los penados que construyeron la gran ignominia de lo que es el actual Valle de los Caídos, más conocido entonces como Cuelgamuros, sepulcro del ominoso.

En esos lugares y en esos tiempos obtusos se mueven una miríada de personajes que llenan con su presencia la amplia estructura narrativa (la más extensa de las tres novelas con más de 750 paginas) de la obra. Esa cantidad de protagonistas, y de acciones en las que concurren muchos de ellos, obligan al lector a mantener un mínimo de atención y continuidad en la lectura del texto. Cualquier falta de atención o de continuidad lectora obligan al que se sumerge en sus páginas a un esfuerzo supletorio de identificación de personajes y su relación con referencias de capítulos anteriores. Sabedora la escritora de la gran cantidad de actores que aparecen en el relato, y también de la dificultad de seguimiento de las acciones de una buena parte de ellos, facilita al lector un capítulo final donde se exhiben todos y cada uno de ellos organizados por familias, barriadas, celdas carcelarias, cuadrillas de amigos, penales, cloacas del estado y colegios, entre otros. La referencia a otras geografías en esta "Las tres bodas de Manolita", la pirenaica de "Inés y la alegría" y la serrana de "El lector de Julio Verne", da nueva oportunidad para que, otra vez, aparezcan aquellos protagonistas que tuvieron su momento de gloria en las dos últimas novelas mencionadas. De esta manera, también, la autora mantiene el principal argumento temático de sus Episodios de una Guerra Interminable.

Se agradece igualmente, sobre todo por el lector curioso de su tiempo y de la memoria histórica que le tocó vivir más recientemente, el que Almudena Grandes incluya al final del libro una breve crónica periodística de la España real de aquellas épocas. Desde el prólogo de la Guerra Civil de 1939 hasta la primera Transición del año 1977, la autora madrileña sintetiza con acierto breve y no por ello  liviano la historia de un país sumido primero en el oprobio, ilusoriamente redimido después, condenado hoy por decisión de nuestros políticos a la vergüenza de la desmemoria.


15 jul. 2016

HALL OF FAME VOL III: OLLIE HALSALL






PATTO                       "ROLL ´EM SMOKE ´EM PUT ANOTHER LINE OUT"
Llevo varias semanas rumiando el sueño del buey dorado, escuchando en profundidades subcutáneas, relajado y demasiado olvidadizo otras, pero escuchando en definitiva, la música etérea generada por uno de los mejores dioses instrumentistas ingleses de todos los tiempos. Y aunque Ollie Halsall es más bien conocido como hombre de música (graetia plena, Juan de Pablos) por su aportación al género como un extraordinario guitarrista, los teclados también fueron en gran medida un instrumento amplia y brillantemente usados por parte de mi amigo y cliente de mi peluquería. Y digo rumiando porque la idea de escribir algo sobre el elegido para esta nueva entrada de nuestra galería HALL OF FAME, me viene persiguiendo sin tregua desde hace meses, me tuvo también parcialmente obseso durante esas horas muertas de la tarde en las que aparentemente no pasa nada. La necesidad de contar mi versión sobre un músico amigo se me antojó obligatoria por múltiples razones. Veamos cuales.

Podría empezar hablando convencionalmente de Ollie y su amplísima historia musical (y también algo corta debido a su prematura desaparición). De sus méritos como instrumentista de guitarra y teclados, vibráfono (su primer introductor en la escena del rock) y batería, bajo y compositor y autor de letras además de productor, también celebrado músico de estudio y por ello muy solicitado. Miembro de bandas conocidas como Timebox, Patto, Boxer, TempestThe Soporifics con Kevin Ayers. En su estancia española con Ramoncín o Radio Futura, supliendo la baja de Enrique Sierra. También participante en otras experiencias más arriesgadas, en el Centipede de Robert Fripp o colaborando con Morgan Fisher en su "Miniatures" (una de las primeras experiencias de la globalización musical) ). Invitado de honor en juergas genuinamente británicas con John Otway o The Rutles (la cara oculta y desbarrada de The Beatles). Pero no voy a hacerlo extensamente, sería demasiado cansino (y largo) caer en una presentación al uso.

Prefiero de momento (a menos que improbablemente cambie de opinión) acercarme a su personalidad más próxima, más de cotilleo, para así facilitar a los numerosos lectores (y lectoras) del semanario "Hola", todos buenos clientes de mi peluquería,  el conocimiento de un artista de andar por el pasillo de casa, tan majo él. Quedamos entonces que Ollie Halsall nace y muere como todo el mundo. Lo hace en Inglaterra, en una ciudad equivocada, un Southport cuyo nombre se desmiente al estar localizada bastante al norte de las islas pero que, afortunadamente, soporta la incongruencia al ser regada por la cercanía de los aromas musicales del Merseyside. Muere en Madrid, en la calle Amargura (cuyo nombre afortunadamente fue cambiado), en un barrio roquero (Carabanchel) y por la tontería de la droga. El caso es que estaba sustituyendo a Enrique Sierra durante gran parte de la grabación y gira posterior del "Veneno en la piel" de Radio Futura. Y picó el anzuelo como un pardillo. Gran parte de la no despreciable suma de dinero que ganó en sus últimos años de vida la malgastó en la tontería de la heroína. ¡Fíjate tú! Otros males de amores propiciaron un bajón que pensó olvidar con la ayuda de la aguja. Ollie murío entonces sin necesidad e inesperadamente, casi ninguno de sus amigos y conocidos se creyó en principio la causa de la muerte de nuestro protagonista.

Digamos que Ollie fue un hombre que prefirió vivir la música como algo lúdico y romántico, de clase social gamberra e impetuosa, se dejó llevar la mayoría de las veces por la inspiración más instantánea, la vivió también como una profesión profundamente seria. Véase por ejemplo cuando recomienda a los miembros de Pa Amb Oli Band (¿lo pillas, lectora ?), el primer grupo mallorquín con quien colaboró, la imperiosa necesidad de llegar sobrios y en perfectas condiciones a los conciertos, cuando él mismo Ollie en más de una ocasión llegaba bastante puesto al evento (sin por ello dejar de cumplir con sus compromisos). Un trabajador autónomo el Ollie (para entendernos con la señá Teresa, que acaba de entrar para pedir hora), donde al reclamo orgánico de la diversión (compañero en muchas de sus bandas de colegas también con antecedentes tabernarios), su estricta profesionalidad británica le conminaba además a progresar hacia la mayor perfección técnica y compositiva posible. Hago mías las palabras que hace muchos años dijera John Halsey, amigo y bateria en Patto y The Rutles: "Puede que Ollie no fuese el mejor guitarrista del mundo, pero ciertamente estaba entre los dos mejores".


Ay Terelu, guapa..., no voy a tener hora hasta mañana, a eso de las 12 del mediodía, pásate entonces, ¿vale cariño?...", bueno a lo que íbamos, decía que si algún músico de entonces pretendiera provocar en la audiencia una sensación de confusión con sus letras (como a menudo sucedía), debería haberse puesto en contacto con Mike Patto, la otra mitad conocida de Ollie Halsall, su hermano gemelo sin serlo. Mike Patto, un cantante con una incomparable voz, semejante a la de un Chris Farlowe, un Chappo Chapman o un Ian Hunter (afilando la navaja antes de afeitar a don Manuel), autor él de numerosas canciones en los que sus mejores versos representaban fielmente a una clase media inglesa que no pasaba más allá del pub, para contrastarlo con las experiencias vividas durante sus largas jornadas en la carretera, de concierto en concierto, por Inglaterra, de país en país, de continente en continente. La coincidencia de Ollie y Mike Patto en los mencionados grupos Timebox, Patto y Boxer, todos ellos sinónimos del mejor rock inglés de la primera mitad de los 70, hace de su mutua experiencia musical algo parecido a lo que poco tiempo antes habían logrado Elton John y Bernie Taupin. Una maldita leucemia se encargaría de cortar por lo insano la prometedora carrera de un Boxer que aspiraba entonces a un cetro más que merecido. Mike Patto moría sin solución de inmortalidad en 1979..., "sin llegar a los cuarenta, pa chasco doña Felisa, ya vé usté..., tan joven" (Me temo que la Felisa no acaba de cogerle el hilo al asunto que nos traemos hoy entre manos). Nace, sin que nadie se percatara entonces, una maldición que persiguió a todos y cada uno de los miembros de Patto. Mike, Ollie, John Halsey y Clive Griffiths (bajista); mueren pronto los primeros y la mala suerte de un gravísimo accidente de tráfico se ceba al poco tiempo con John y Clive.

Y si algún lector o lectora quisiera conocer el lado más glamuroso de Ollie (que también lo tuvo y espero que estos datos que siguen a continuación sirvan para elevar la trempera de las clientas), tendríamos que hablar de su relación con el último aristócrata inglés del rock, su contemporáneo Kevin Ayers. La primera colaboración conocida tuvo lugar en el célebre "June 1, 1974", del mismo Ayers, John Cale, Eno y Nico, un album fundamental en el que Ollie participa en su cara B exclusivamente, y del que me hago pestes por no poseerlo todavía. Un Kevin procedente de unos The Wilde Flowers y Soft Machine (¿acaso existe una genética más exquisita en la música moderna inglesa?), y que recala a finales de los 70 en un Deiá mallorquín, cálido auto-exilio de un artista en explosión creativa, asentado en un típico ambiente de bohemia inglesa, té a las cinco, ginebra y sustancias estimulantes a discreción, el mar Mediterráneo por todas partes, lo contrario de lo que ocurre en la lejana metrópoli, no hay más que ver las fotos playeras del "Quadrophenia" o del "Setting Sons".

Desde la isla de Mallorca vemos a Ollie, (como miembro fijo de The Soporifics, banda entonces estable de Kevin Ayers con el que colabora en muchas de sus obras, desde "The Confessions Of Dc. Dream And Other Stories" de 1974 hasta el "That´s What You Get Babe" de 1980), conectando por primera vez con la escena musical isleña. Las obligaciones con la banda de Kevin le dejan el tiempo suficiente para realizar labores de producción y ser protagonista como multi-instrumentista en numerosas grabaciones de grupos como Pa Amb Oli Band, ...(...en este momento hay más lectoras en la peluquería que prefieren hablar de la última fiesta de Porcelanosa en el castillo de Windsor), The Outer Tunes (banda de existencia paralela a la primera), The Sex Beatles (¿recuerdan las ganas de diversión a la que aludíamos al principio del texto?) o incluso Mainstream Machine, una formación de jazz en la que participa muy ocasionalmente Ollie y que, como guinda de este párrafo, me retrotrae a los comentarios que leí en alguna ocasión del saxofonista Dave Brooks (esporádico participante en algunas grabaciones de Patto), sobre nuestro protagonista. "Ollie toca la guitarra como John Coltrane el saxo, como anticipándose en muchas de las notas que interpreta, dejándolas abiertas, sin culminar, para así lograr un sonido que nunca antes se había escuchado".

La década desde 1981 hasta la muerte de Ollie en 1992 es el tiempo entonces en que nuestro personaje vive y trabaja prácticamente en exclusiva en España, salvo breves y obligadas estancias en varios estudios londinenses o neoyorquinos para grabaciones puntualmente contratadas. Ollie vivé a cuerpo de rey en Deiá, aprovecha para ampliar su abanico artístico comenzando a pintar, la inspiración del ambiente mediterráneo le cambia el color de la piel a un bronceado permanente, también le altera eventualmente el carácter, de una persona suave en el escenario a un entrenador yugoslavo de baloncesto cuando se trata de gestionar sus participaciones en distintos proyectos locales. Seriedad en cualquier colaboración y transferencia de experiencia de los primeros 70 británicos hasta la península ibérica, porque Ollie recala en un país sediento de aprender. Viaja a Madrid ya a principios de la década de los 80. Ramoncin reclama el honor de haber sido el primer mesetario que llama al guitarrista para colaborar en sus albumes "Corta" (1982) y "Ramoncinco " (1984). Radio Futura se sirve de su presencia en "Veneno en la piel" cinco años más tarde. Entre esos finales años de los 80 grupos como Rey Lui, Corcobado y sus Chatarreros, Hombres G, Varsovia, cantantes como Antonio Flores o Tino Casal se benefician de sus proyectos conjuntos con Ollie. Se permite también hacer alguna tontería para el cine, "Sal Gorda"  (Fernando Trueba, 1983) y alguna canción suelta para programas de TVE.

El proyecto más emotivo para Ollie en aquella época fue su participación en CinemasPop, una mezcla de electrónica y pop glam que le permitió demostrar que seguía en plena forma como multi instrumentista. Gana suficiente dinero para permitirse dispendios de todo tipo. Sus parejas se suceden con tanta promiscuidad que, al igual que sus proveedores, no duran lo suficiente para conocerle bien. Y es que Ollie está maquinando algo. La pérdida de su última novia le lleva al límite de la típica depresión, de la que nunca fue causa suficiente el salir como se salió. Sus cenizas están enterradas en Deiá, ignoro si conjuntamente con las de su colega Kevin Ayers, lo que sí recuerdo es la existencia de un par de placas en el cementerio de la localidad. La de Ollie, obra del escultor Michael Kane, se cayó estrepitosamente al poco de instalarla y permanece tal y como quedó, con una gran grieta que la divide y afea. Poco después de su entierro, sus amigos ingleses y mallorquines celebran un concierto homenaje en el pueblo, en el ya famoso Café Sa Fonda. El amigo Ollie ya faena en un mar que no es el suyo de origen, el de Southport recuerden, aquella ciudad equivocada donde nació en 1949 (mojada por los fluidos del Merseyside)

Entre los clientes de la peluquería solo existe uno (y hoy no ha aparecido de momento) que conoce la clásica opinión de los muy seguidores del grupo Patto. No podremos entonces contrastar la opinión que sigue a continuación pero apuesto sin dudar por el "Hold Your Fire" (Vértigo, 1971) si queremos elegir al mejor Ollie guitarrista. Si por el contrario preferimos el Ollie pianista (su instrumento más importante, junto a la guitarra), "Roll ´em, Smoke ´em, Put Another Line Out" (Island, 1972) es la obra aconsejada. Muff Winwood (el hermano feo de Steve) así lo afirmaba entonces. El ex bajista de Spencer Davis Group produce ambos discos y ayuda a introducir a la banda en Island Records, no era para menos siendo entonces un alto ejecutivo del sello londinense. Muff les falla más tarde cuando impide la edición de su último trabajo "Monkey´s Bum" grabado en 1973. El final del rock progresivo es un hecho en esos años donde ya priman Roxy Music y el glam de Bolan y Bowie. Muff decide en consecuencia impedir la progresión natural de la banda, considerando que su estilo no tenía cabida en las nuevas modas musicales. Idiota.

Todos los temas incluidos en este "Roll ´ em, Smoke ´em, Put Another Line Out" son realmente un prodigio de sentimiento roquero y altísima técnica instrumental, incluso la canción que concluye con el disco, una vomitiva "Cap´n ´P´ and The Atto´s (Sea Biscuits parts 1 & 2)", tiene su guasa y razón de ser. Y es que la banda Patto refrendaba su derecho a la libertad compositiva con una boutade típicamente marítima y británica. La guitarra de Ollie en "Loud Green Sound" está considerada por una mayoría de entendidos del género como anticipo y base melódica a seguir en el próximo nacimiento del  punk. El piano introductorio en "Flat Footed Woman" ya sirve a Ollie para avisar a los oyentes de lo que les espera, un album donde los teclados van a prevalecer sobre la guitarra, una especie de revancha del autor ante su imagen mayoritaria de casi exclusivo instrumentista de las seis cuerdas en su querida Gibson SG Standard. También ocasión para afianzarse como partenaire imprescindible de un Mike Patto que compagina con Ollie la composición de la gran mayoría de los temas que forman parte del album. Canciones que hablan con ironía y humor malteado de las experiencias de un personaje real, protagonista de un ambiente que empieza a rechazar el tafetán hippie para cambiarlo por las brillantes lentejuelas del glam; y no a todos les ha servido la prometida libertad sexual de la época, tampoco a nosotros. En la edición española del sello Ariola la censura elimina "Mummy", un tema que nos habla de una madre ataviada exclusivamente con su ropa íntima, y esto aquí no se puede tolerar, faltaría más.

Bandas como Patto y Boxer giran entonces con cierto éxito por USA como teloneros de Joe Cocker y por toda Europa. Alvin Lee de Ten Years After confirmó en Suecia que no había visto una formación mejor en su vida y realiza algunas grabaciones de los conciertos en los que coinciden. Tanto en Tempest, siguiente apuesta de Ollie al salir de Patto, como en Boxer, el Peter John Ollie Halsall de Southport (la ciudad equivocada) está buscando ya una peluquería que no es la suya, la de toda la vida. El contrato con Kevin Ayers y su incorporación a la banda The Soporifics me permite verles en una actuación en directo en el Teatro Monumental de Madrid en la primavera de 1975. A Ollie ya se le empieza a caer el pelo (tenemos tratamiento de espuma cutánea contra la alopecia en nuestra peluquería...) y la forma de su cara se va paulatinamente tornando en un perfil mediterráneo, desnudo, redondo, casi ojival. Un británico tan amante del té y el criket que se quedó para siempre vivo y muerto entre nosotros. La carátula de su último disco en solitario, "Caves", es su postrera aportación conocida a la pintura y a la música.